Una de las confusiones psicológicas más comunes ocurre cuando las personas transforman un tropiezo en una etiqueta personal, aseguró el trabajador social clínico Jonathan Meier. 

Muchas personas convierten una experiencia dolorosa en una identidad, afirmó, subrayando que fracasar en algo no equivale a ser un fracasado. 

“Una cosa es un evento. Otra cosa es la totalidad de tu valor como persona”, precisó.

Meier explicó que tras una ruptura, la pérdida de un empleo o un proyecto fallido, es frecuente que aparezcan pensamientos absolutos como “yo no sirvo”, “yo nunca puedo”, “yo siempre daño todo”. En esos casos, dijo, la persona deja de interpretar el fracaso como una situación específica y comienza a verlo como “una prueba de su supuesta incapacidad esencial”. 

Ese proceso de “fusionarse” con la experiencia, advirtió, puede ser peligroso, pues una experiencia se puede procesar, pero cuando la persona convierte ese tropiezo en identidad, el golpe se vuelve mucho más profundo.

Para la psicóloga María Rodríguez Vidal, la tendencia a asociar el fracaso con el valor personal no surge de la nada, sino de la presión social. 

Explicó que muchas personas crecieron en entornos donde se esperaba cumplir roles específicos, y cuando no lo lograban aparecía la culpa.

 “Vivimos en una sociedad que se basa en expectativas y cuando no cumplimos un rol impuesto por la sociedad o por otras personas, podemos experimentar sentimientos de culpa”, afirmó.

Rodríguez Vidal insistió en que el problema no es fallar, sino convertir ese fallo en una etiqueta permanente.

Fracasar es un evento, pero un fracasado es una identidad, puntualizó.

Desde su mirada clínica, esta confusión se alimenta de pensamientos extremos propios del modelo cognitivo-conductual. Entran los absolutos de todo o nada, siempre y nunca, subrayó. Por eso, dijo, no es igual admitir un hecho específico que definirse por él: “No es lo mismo decir ‘hoy llegué tarde’ que decir ‘soy un irresponsable’”.

La especialista advirtió que generalizar un fracaso puede deteriorar seriamente la salud emocional. Señaló que uno de los riesgos principales es que la persona desarrolle pensamientos que no responden a la realidad, junto a culpa excesiva y una baja percepción de capacidad personal.

“Me pone en riesgo a tener pobre tolerancia, pobre persistencia, a no tener motivación… y a pensar: ‘todo me va a salir mal, ¿para qué lo voy a intentar?’”, explicó. Esa narrativa interna, añadió, termina afectando directamente la autoestima, el autoconcepto y la autoeficacia.

En una investigación que estudió cómo éxitos y fracasos afectan el estado emocional (afecto) y la autoestima de las personas los autores encontraron que cuando los individuos experimentan fallos en alcanzar metas, hay un cambio observable en su autoestima, especialmente en el plano del estado de ánimo y la percepción de sí mismos después de fallar en comparación con tener éxito.

Otro estudio mostró que personas con baja autoestima sufren más psicológicamente tras una experiencia de fracaso y tienden a sobregeneralizar su significado negativo, lo que puede llevar a conclusiones absolutas sobre su valor personal

Mientras, desde la perspectiva de Meier, el fracaso también puede tener valor, aunque aclaró que eso no implica romantizarlo.

“Fracasar duele, decepciona, puede dar vergüenza, tristeza, coraje, culpa”, sostuvo.

Sin embargo, también podía convertirse en una experiencia reveladora si se trabajaba adecuadamente. “El fracaso puede convertirse en información y cuando se usa como información deja de ser una cadena”.

Sin embargo, Meier señaló que el crecimiento no surge automáticamente del error.

“El crecimiento no viene del fracaso por sí solo, viene de la capacidad de reflexionar sobre lo que te ocurrió, asumir responsabilidad donde corresponde y hacer cambios”, apuntó. C

omo ejemplo, mencionó patrones repetitivos en las relaciones amorosas al destacar que no se trata de culparse, sino de identificar qué señales se ignoraron y qué conductas se repiten.

Rodríguez Vidal también relacionó esta percepción con experiencias tempranas. Aseguró que la forma en que un niño es validado o invalidado cuando se equivoca influye en cómo manejará el error en la adultez.

“La relación que las personas tienen con el fracaso está directamente relacionada a las experiencias que han tenido y a la respuesta que recibieron cuando se equivocaban”, dijo.

Eso puede traducirse en mayor confianza para intentar cosas nuevas o, por el contrario, en miedo paralizante. En muchas ocasiones limita al punto de que la persona no lo intenta por temor a fracasar, alertó.

Además, destacó que el fracaso depende de cómo se defina.

“No lo hice en el tiempo esperado, pero sí lo hice”, ejemplificó, insistiendo en que el margen de error es parte natural de cualquier proceso.

Asimismo, Meier añadió que uno de los mecanismos más comunes detrás de sentirse “fracasado”, explicó, es la sobregeneralización.

“Es una distorsión cognitiva donde la persona toma un evento negativo y lo expande como si definiera toda su vida”, señaló. Además, indicó que muchas veces ese pensamiento no nace del fracaso reciente, sino de heridas previas, críticas constantes o ambientes donde la persona solo se sentía suficiente si rendía bien.

Rodríguez Vidal también señaló una contradicción cultural: las personas suelen generalizar lo malo, pero no lo bueno.

“Minimizamos las cosas buenas… pero maximizamos las cosas malas”, expresó. A su juicio, esto ocurre porque “vivimos en una sociedad de castigo”, donde lo correcto se asume como obligación y el error se convierte en motivo de vergüenza.

Para Meier, la reconstrucción comienza con una mirada menos cruel. Muchas personas evalúan sus propios procesos con una dureza increíble que jamás usarían con alguien que aman, aseguró.

“Fracasar es vivir una experiencia que no salió como esperaba; ser un fracasado sería renunciar a creer que puedes crecer a partir de ella”, opinó.

El fracaso no es una sentencia, sino un punto de partida.

“Equivocarnos es el pie forzado para intentarlo nuevamente, ya con una experiencia previa”, concluyó Rodríguez Vidal.