El beso puede funcionar como mucho más que una expresión de deseo. La psicóloga experta en neurociencia Rosa Nieves explicó que también puede ser una forma de comunicación no verbal y expresar “te extraño, estoy aquí, te deseo, estamos bien, te quiero o simplemente estoy conectado contigo”. Por eso, aunque no existe evidencia de que el beso romántico esté desapareciendo, su disminución puede ofrecer información sobre lo que ocurre dentro de una relación. 

Nieves relacionó la frecuencia de los besos con la satisfacción de pareja y sexual, aunque aclaró que “menos besos” no equivale necesariamente a una relación problemática. Lo relevante, explicó, era observar si existe un cambio respecto al patrón habitual de la pareja.

Por su parte, la sexóloga Aisha Molina Calderón planteó que la pregunta no debe centrarse únicamente en si las parejas se están besando más o menos, sino en qué lugar ocupa hoy el beso dentro de la construcción de la sexualidad y la intimidad. 

Molina explicó que la sociedad construye “guiones sexuales” que enseñan qué conductas se consideran sexuales y cómo deben relacionarse entre sí. En una sociedad “coito centrista”, señaló, el beso y las caricias pueden terminar entendidos únicamente como un preámbulo a la penetración. 

“No es que estemos perdiendo el beso, sino que tal vez estamos perdiendo el lugar que le habíamos dado antes dentro del encuentro erótico”, sostuvo.

Esta asociación puede tener consecuencias dentro de la pareja, opinó Molina. Si una persona aprende que besar necesariamente conduce al sexo, puede comenzar a evitar el beso cuando no desea tener relaciones sexuales. 

“Si yo pienso que cada vez que te beso voy a terminar teniendo relaciones sexuales, ya el beso deja de tener este significado o este placer por sí mismo”, explicó. Para la sexóloga, esto puede limitar el llamado “vocabulario erótico” de una pareja.

Por eso, consideró que el beso también puede alimentar el deseo precisamente porque permite permanecer en el placer sin convertir cada contacto en una ruta obligatoria hacia la penetración. “El beso no tiene que ser la antesala del sexo, sino que también puede ser sexo y ya”, afirmó. Desde la sexopedagogía, defendió devolver valor al tiempo, la comunicación corporal, la exploración y el placer “que no necesita correr hacia una meta”.

Asimismo, la psicóloga explicó que detrás de la reducción de los besos pueden existir múltiples factores: estrés crónico, agotamiento, conflictos sin resolver, dificultades emocionales, cambios importantes en la vida, desconexión emocional, problemas de autoestima o experiencias negativas asociadas al contacto físico. También mencionó discrepancias en el deseo sexual, cambios hormonales, dificultades sexuales, dolor, medicamentos e insatisfacción sexual.

“Sí puede ser una señal, pero no se deben evaluar los problemas en las relaciones de pareja solo porque los besos han disminuido”, sostuvo Nieves, en consonancia con la sexóloga. Para identificar cuándo ese cambio puede ser significativo, planteó observar si alguno de los miembros ya no quiere acercarse al otro, se siente incómodo ante los besos o si una pareja que antes buscaba contacto ahora “prácticamente vive como compañeros de casa”. También consideró importante evaluar la frecuencia, quién inicia o evita el contacto, la calidad de ese contacto y el impacto emocional que tiene su ausencia.

Una reducción de los besos puede también ser una señal de cambios en la relación, pero no constituye un diagnóstico. De manera similar a Nieves, Molina propuso preguntar si también disminuyen las caricias, qué circunstancias atraviesa la pareja y si existía malestar. 

“La ausencia del beso no necesariamente es un problema, pero se convierte en uno cuando se presenta una desconexión o que una de las personas involucradas está viviendo malestar”, explicó.

El beso como obligación sexual

Tal como menciona Molina, un estudio con 878 personas en relaciones de al menos dos años encontró una asociación entre la frecuencia de los besos y la satisfacción sexual y de pareja. Los investigadores plantearon que los cambios en la frecuencia del beso pueden funcionar como un indicador de la calidad de la relación, aunque no como una medida diagnóstica por sí sola.

Además, Nieves señaló que uno de los puntos que consideró particularmente importante es cuando el beso comienza a percibirse como una obligación sexual. Algunas personas, explicó, pueden evitarlo porque sienten que besar a su pareja implica inmediatamente tener relaciones. En esos casos, “el beso deja de funcionar como una expresión libre de afecto y comienza a sentirse como una puerta obligatoria hacia la actividad sexual”. Diferenciar el beso afectivo del beso erótico, añadió, puede ser saludable para las parejas.

Nieves también advirtió que no todas las personas tienen las mismas necesidades afectivas. Para algunas, besar era central; para otras, la intimidad se expresaba mediante abrazos, caricias, palabras, apoyo emocional o tiempo de calidad. “Dejar de besarse no necesariamente significa dejar de amarse”, afirmó, aunque también señaló que no todas las formas de afecto eran intercambiables.

En consonancia con Nieves, Molina advirtió que contar los besos no mide la intimidad. Su significado se construye socialmente, pero también dentro de cada relación, a partir de las experiencias de quienes la integran. “Lo primero sería, ¿qué significa besar a las personas involucradas en esta relación? Porque no es un significado universal”, sostuvo.

Nieves destacó que la ausencia de contacto físico deseado puede asociarse con soledad, desconexión, menor seguridad emocional y mayor estrés. No obstante, insistió en que tampoco se trata de cumplir una cuota de besos. “No debemos convertir el beso en una obligación ni utilizarlo como una prueba de amor”, mantuvo. La pregunta, concluyó, debe ser otra: “¿Existe en esta relación suficiente contacto afectivo para que ambas personas se sientan queridas, deseadas, seguras y conectadas?”.

En ese sentido, Molina consideró que una pareja no necesita recuperar una cantidad determinada de besos, sino ampliar sus posibilidades de intimidad. 

“Tal vez no sea que estamos perdiendo el beso, sino que estamos construyendo una sexualidad orientada al orgasmo o a una meta específica, que estamos olvidando el valor de permanecer en el placer”, puntualizó.