A simple vista, los trastornos alimentarios (TCA) y el trastorno por estrés postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés) no parecen tener una relación. Sin embargo, cada vez hay más evidencia que revela cómo ambos trastornos están intrínsecamente conectados, especialmente cuando los TCA tienen como antecedentes el trauma.

Múltiples estudios muestran una estrecha comorbilidad entre los trastornos de la conducta alimentaria y el trastorno por estrés postraumático. Se sabe, por ejemplo, que entre el 24 al 44  por ciento de pacientes con TCA presentan PTSD, comparado con 8 por ciento en la población general. La literatura también indica que el abuso sexual infantil incrementa entre tres a once veces la probabilidad de desarrollar un trastorno alimentario.

La relación no es una casualidad, ya que experiencias traumáticas (tales como abuso físico, emocional o sexual, negligencia o vivencias altamente estresantes) pueden alterar la forma en que una persona percibe su cuerpo, sus emociones, su valor personal y su seguridad, lo cual contribuye a desarrollar síntomas de la conducta alimentaria como una forma de afrontamiento, explicó a Es Mental la psicóloga clínica, la doctora Lyanne Sandoval González.

Estos diagnósticos, además, comparten características como la disociación, el sentimiento de descontrol y la dificultad para regular las emociones.

“En estos casos el cuerpo se convierte como en un campo de batalla, en el cual una parte de la persona desea protegerse, desaparecer o no sentir, mientras que otra parte sencillamente busca sobrevivir emocionalmente como puede”, describió la doctora.

Los TCA más comunes en pacientes con PTSD son el trastorno por atracón y la bulimia nerviosa, aunque también puede coexistir con la anorexia restrictiva o nerviosa, sobre todo cuando el cuerpo está relacionado con el trauma. En el caso del trastorno por atracón, las personas pueden utilizar la comida como una forma de anestesiar emociones difíciles o recuerdos intrusivos. Pero en la bulimia, los atracones y purga pueden estar ligados a un intento de controlar sensaciones internas abrumadoras. 

En la anorexia, en especial cuando hay un componente restrictivo, puede existir una necesidad de control rígido frente al caos interno que deja el trauma, señaló la psicóloga. 

Se suele creer que no se puede controlar lo que se vivió, pero sí cada cosa se come. “Estas conductas, aunque son dañinas, representan mecanismos que le resultan adaptativos para sobrevivir emocionalmente”, aseguró. 

Un estudio en mujeres pacientes del trastorno por atracón encontró que el 24 por ciento cumplía criterios de PTSD, las participantes mostraron mayor gravedad en psicopatología alimentaria y consecuencias en su autoestima; siendo esta investigación una demostración de que no se trata solo de un síntoma, sino de un cuadro complejo en los que traumas no resueltos influyen significativamente.

“Muchas investigaciones sugieren que algunas personas usan los atracones como una forma de calmarse o regular sus emociones, pero luego utilizan el ‘purgarse’ como una forma de castigarse o de manejar la culpa por el atracón. Es por eso que este ciclo se relaciona con el trastorno de estrés postraumático, debido a que las personas con este trastorno, tienen mucha dificultad para regular sus emociones”, coincidió la doctora Sheila Justiniano, psicóloga clínica.

Siendo los flashbacks, pesadillas y la hipervigilancia manifestaciones frecuentes de PTSD, quienes lo experimentan, a menudo, buscan alivio y eligen la comida como refugio emocional. La ingesta de alimentos ricos en carbohidratos y grasas disparan el sistema dopaminérgico, generando una sensación momentánea de calma.

El problema es que este alivio es efímero y trae consigo, en ocasiones, culpa o pensamientos exclusivos sobre el peso corporal y posteriormente la purga o pensamientos nocivos sobre el peso corporal. En otros escenarios, se deja de comer para recuperar el control emocional,  describió Justiniano.

“En los casos que he atendido en terapia, mayormente las personas utilizan la comida como una forma de regulación emocional. Tuve un caso en que claramente la anorexia estaba relacionado a una sensación de control luego de presentar trauma complejo por maltrato en la infancia y adolescencia. Al sentir que no tenía control de lo que sucedía en su hogar, comenzó a tener mayor control de lo que comía. Así comenzó una anorexia de tipo restrictivo”, narró la doctora.

La comida puede llegar a convertirse en una herramienta de regulación emocional para quienes experimentan síntomas traumáticos intensos, según Sandova González.

En ocasiones el síntoma alimentario es la punta del iceberg de una experiencia emocional más profunda que no ha sido procesada. Ante esto, el cuerpo y la comida se convierten en la vía en la que se puede expresar aquello que no pudo apalabrarse, continuó. 

Numerosos casos muestran cómo los TCA se convierten en una forma de autocastigo. El trauma complejo, especialmente el abuso infantil o negligencia, socava la autoestima y genera una narrativa interna de culpa y vergüenza. 

Las conductas alimentarias pueden adquirir una función punitiva, como si la persona intentara castigarse por lo que vivió o por la creencia de que hay errado o mal en ella. Un intento de controlar un dolor que, en realidad, necesita ser escuchado, validado y acompañado, sostuvo la doctora.

El tratamiento para los trastornos alimentarios y el trauma

Para abordar tan compleja comorbilidad, las psicólogas coinciden en que los TCA no deben trabajarse de forma aislada. 

“Hablar de TCA, sin hablar de trauma, es como si leyéramos un libro y no entendiéramos el contexto. Muchos de estos síntomas son intentos desesperados de volver a sentirse seguros/as. Por ende, en el tratamiento clínico no basta solo modificar la conducta alimentaria, sino acompañar el dolor que las sostiene, crear un vínculo terapéutico reparador, validar esas emociones o narrativas que fueron silenciadas por mucho tiempo, y sobre todo utilizar modelos o prácticas basadas en evidencia para trabajar este tipo de diagnósticos”, la doctora recomendó Sandoval González.

Concluyó reiterando que, detrás de algunos de estos casos hay historias de trauma, experiencias relacionales complejas y una necesidad urgente de seguridad emocional. Por tanto, la recuperación debe incluir un abordaje que integre el cuerpo, la mente y las emociones, desde un lugar de compasión y sin juicio.