La detección del abuso sexual infantil presenta retos particulares porque no existe un conjunto fijo de síntomas que permita identificarlo con certeza, dijo Freeda Jusino Sierra, trabajadora social y catedrática auxiliar en la Escuela Graduada de Trabajo Social Beatriz Lassalle de la Universidad de Puerto Rico.
Según indicó, el abuso sexual “no es una enfermedad, es un evento de vida o múltiples eventos de vida”, por lo que las reacciones de cada menor pueden variar.
“No hay una lista para decir: ‘Ese niño está siendo abusado sexualmente’”, afirmó.
En cambio, señaló que la detección requiere observar cambios en el comportamiento, el contexto familiar y el entorno del menor.
Por su parte, la psicóloga escolar Rebeca López Bobonis, especialista en abuso sexual y psicotraumatología y coordinadora del comité de salud sexual de la Asociación de Psicología de Puerto Rico, añadió que la detección del abuso sexual infantil enfrenta desafíos particulares debido a la cercanía entre víctimas y agresores. Recordó que “más del 81% de los casos son perpetrados por personas allegadas al menor”, lo que dificulta la identificación y la revelación de lo ocurrido.
“No son desconocidos, sino personas que conocen al menor y a su familia”, señaló.
Mientras el psicólogo licenciado Héctor Luis Coca Soto, con 24 años de experiencia profesional y certificaciones en abuso sexual, peritaje forense, terapia de familia y sexualidad humana, dijo que, más allá de las señales clínicas, la detección también enfrenta obstáculos sociales. A su juicio, la falta de educación sexual y el temor cultural a hablar sobre sexualidad fomentan el silencio.
“Tenemos una sociedad extremadamente sexofóbica”, afirmó, lo que favorece que estos casos se mantengan ocultos y favorece al auge actual de los casos de abuso sexual en Puerto Rico desde la pandemia.
En 2025, según los datos oficiales, hubo 1336 víctimas de delitos sexuales en Puerto Rico. De estas, 943 (71%) fueron mujeres y 393 hombres. El grupo de edad más afectado fueron las víctimas que tenían entre 11 a 15 años, con una diferencia de casi el triple en comparación con los otros rangos de edad.
A nivel social, López Bobonis identificó fuertes barreras culturales. Persisten tabúes que dificultan hablar del tema y reconocerlo, sostuvo.
“Pensamos que eso nunca nos va a pasar”, indicó.
En el caso de los varones, señaló que los estereotipos de género agravan el problema. “Hay una presunción de que el niño se tiene que preparar para tener sexo con todo el mundo”, sostuvo al señalar que esto dificulta que reconozcan o denuncien el abuso.
López Bobonis dijo que influyen dinámicas familiares y culturales. “Tenemos esta idea de que los trapos sucios se lavan en la casa”, afirmó, lo que lleva a algunas familias a evitar denunciar por miedo al qué dirán o al proceso judicial, que describió como “tedioso, doloroso y revictimizante”.
Además, subrayó que muchas familias no hablan de sexualidad desde edades tempranas. “Hablar de sexualidad no es hablar del acto sexual; es enseñar desde que el niño tiene vocabulario cómo se llaman las partes de su cuerpo”, explicó.
En el ámbito profesional, el mayor obstáculo suele ser el temor a equivocarse. López Bobonis insistió en que la ley exige actuar ante una “mínima sospecha”. “Si identificaste un factor de riesgo, tienes que levantar el protocolo. Determinar si ocurrió o no le corresponde a las autoridades”. Para la especialista, la prioridad debe ser la protección del menor: “Ese niño depende de nosotros. Si otro adulto calla o mira para el lado, también se convierte en parte del problema”.
Señales de alerta del abuso sexual infantil
Las especialistas coincidieron en que no existe un único indicador que permita confirmar el abuso sexual infantil, por lo que la detección depende de observar cambios en el comportamiento y el bienestar emocional del menor.
Entre las señales de alerta, Freeda Jusino Sierra mencionó cambios bruscos en el estado de ánimo o en la conducta, especialmente cuando un niño o adolescente que solía mostrarse alegre comienza a presentar irritabilidad, retraimiento o frustración. No obstante, advirtió que estas manifestaciones también pueden estar asociadas a otros eventos traumáticos, como divorcios, muertes en la familia o exposición a violencia.
Por su parte, Rebeca López Bobonis señaló que una de las señales que suele llamar la atención es la reacción del menor ante determinadas personas cercanas.
“Una de las señales que podemos observar es la conducta del niño frente a ciertos adultos: ‘no me quiero ir con abuelita’, ‘no me quiero ir con papá’”, explicó. También mencionó bajo rendimiento académico, aislamiento, irritabilidad, regresiones en el desarrollo, como volver a orinarse en la cama, alteraciones del sueño o reacciones de sobresalto asociadas al trauma. En adolescentes, añadió, pueden aparecer conductas sexualizadas o autolesiones.
Coca Soto destacó que, además de estos cambios conductuales, pueden observarse manifestaciones vinculadas al trauma psicológico. Entre ellas mencionó la aparición de depresión, ansiedad o conductas agresivas, así como reacciones psicosomáticas, dolores de cabeza recurrentes, malestares estomacales o dolores corporales sin causa médica aparente, que pueden reflejar el impacto emocional del abuso.
En la infancia temprana, Coca Soto añadió algunos indicios pueden aparecer en el juego o en los dibujos, cuando existe una insistencia marcada en contenidos sexuales que no corresponden a la etapa de desarrollo. Sin embargo, aclaró que estas señales deben analizarse con cautela, ya que ningún indicador por sí solo confirma el abuso.
Asimismo, subrayó que muchas víctimas presentan síntomas asociados al trastorno de estrés postraumático (PTSD). Entre ellos señaló la hipervigilancia, menores que permanecen constantemente alerta o tensos, la evitación de actividades o espacios que antes eran habituales, y la presencia de pensamientos intrusivos o “flashbacks”. También pueden aparecer distorsiones cognitivas, en las que el menor llega a atribuirse la responsabilidad de lo ocurrido. “El niño piensa: ‘yo lo ocasioné, es culpa mía, debí haber hecho algo’”, explicó, además de pesadillas recurrentes relacionadas con el evento traumático.
Jusino Sierra, en términos de detección, enfatizó que muchas formas de abuso sexual no dejan evidencia física, lo que dificulta su identificación. Actos como tocamientos, exposición del cuerpo, sexo oral o la producción de material de abuso sexual infantil, conocido como child sexual abuse material (CSAM), raramente dejan marcas visibles. Incluso en casos de penetración, los hallazgos físicos pueden desaparecer rápidamente.
Por ello insistió, en sintonía con los otros expertos entrevistados, en que la conversación abierta sobre sexualidad es clave para la detección temprana. A partir de su experiencia en actividades educativas en comunidades, recordó que muchas revelaciones ocurrían después de explicar claramente qué constituye abuso sexual. “Cuando lo nombramos, las niñeces le ponen nombre a lo que está pasando”, señaló.



![Lo que heredamos sin saberlo: la importancia de explorar la historia familiar en terapia [Columna] historia](https://www.esmental.com/wp-content/uploads/2026/10/shutterstock_2756549853-218x150.jpg)

