Una escapada de pocos días puede convertirse en una herramienta efectiva para reducir el estrés, siempre que permita una verdadera desconexión de la rutina, explicó la psicóloga clínica Zayana Figueroa Montero. 

Según señaló, el principal beneficio no radica en la distancia recorrida ni en el dinero invertido, sino en el cambio de ambiente y en el desapego psicológico de las responsabilidades diarias.

“La desconexión psicológica de la rutina laboral es uno de los factores más importantes para reducir el estrés. No basta con estar físicamente lejos del trabajo; es necesario dejar de pensar en las responsabilidades pendientes para permitir una recuperación mental y emocional real”, sostuvo.

Figueroa Montero mencionó que salir del entorno habitual facilita que disminuyan los niveles de cortisol y que la mente deje de centrarse en las tareas pendientes. Además, explicó que cambiar temporalmente de escenario activa los circuitos cerebrales relacionados con la novedad y la exploración, asociados con la dopamina, lo que ayuda a competir con los pensamientos repetitivos propios del estrés y la ansiedad, mientras el sistema nervioso reduce su estado de alerta.

Esta visión está respaldada por la evidencia científica. Figueroa Montero señaló que investigaciones de Sonnentag y Fritz identifican el desapego psicológico, la relajación, el control sobre el tiempo y la sensación de dominio como mecanismos clave para la recuperación del estrés laboral. También menciona estudios que muestran que incluso un fin de semana de descanso puede disminuir significativamente el estrés psicológico, especialmente en personas con altos niveles de tensión acumulada.

Para la psicóloga clínica Dra. Lourdes F. Cordero Quiñones, el beneficio de una escapada no depende únicamente del viaje, sino de cómo la persona vive esa experiencia. Desde los modelos contextuales basados en la evidencia, como las intervenciones basadas en mindfulness, la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y la Terapia Dialéctica Conductual (DBT), sostuvo que el objetivo principal es salir del “piloto automático” y conectar de forma intencional con el momento presente.

“La diferencia está entre vivir en el piloto automático y estar plenamente consciente”, destacó. Indicó que el ritmo cotidiano, marcado por el trabajo, el estudio, las múltiples responsabilidades y el multitasking, favorece lo que denomina distress, un estado de sobrecarga distinto al estrés necesario para afrontar retos y alcanzar metas.

En ese contexto, puntualizó que un viaje corto funciona como una actividad placentera que permite hacer una pausa deliberada.

“Yo puedo intencionalmente crear este espacio para conectar con el momento presente”, dijo.

Esa conexión, añadió, ocurre al involucrar los cinco sentidos: observar el paisaje, escuchar los sonidos del entorno, sentir la arena o la grama bajo los pies, percibir los aromas y saborear los alimentos que acompañan la experiencia.

La especialista enfatizó que la intención con la que se realiza la escapada es lo más importante. Explicó que el viaje no debe convertirse en una estrategia para escapar del malestar o evitar los problemas, sino en una oportunidad para acercarse a aquello que la persona valora: el disfrute, la creatividad, la aventura, la conexión con la familia o el fortalecimiento de relaciones significativas.

En este marco, Figueroa Montero aclaró que no es indispensable viajar para obtener estos beneficios. Actividades como hacer ejercicio al aire libre, estar en contacto con la naturaleza, aprender algo nuevo, meditar, compartir con otras personas o desconectarse temporalmente de las redes sociales pueden generar efectos similares.

Asimismo, Cordero Quiñones coincidió con la experta y propuso distinguir entre actividades “macro”, como una escapada que requiere planificación, y actividades “micro”, pequeños espacios cotidianos de bienestar. Ambas pueden ser de beneficio, no es necesario viajar, repitió.

De hecho, un estudio encontró que las vacaciones mejoran de forma significativa la salud y el bienestar, pero que esos beneficios dependen más de cómo se vive la experiencia que de la duración del viaje. Los investigadores observaron que la relajación, el desapego psicológico del trabajo, la sensación de control sobre el tiempo y realizar actividades placenteras fueron los factores más relacionados con una recuperación mental efectiva, mientras que los efectos tendían a disminuir gradualmente tras el regreso a la rutina.

Para que una escapada cumpla su propósito, Figueroa Montero recomendó planificarla con anticipación, limitar las notificaciones laborales, evitar agendas saturadas y elegir actividades que generen disfrute genuino en lugar de enfocarse únicamente en tomar fotografías para las redes sociales. También, advirtió que uno de los errores más frecuentes es regresar más cansado de lo que se salió o mantenerse pendiente del trabajo durante todo el viaje.

Por su parte, Cordero Quiñones alertó sobre uno de los errores más comunes: sabotear la experiencia al pensar constantemente que el descanso terminará pronto.

“Si estoy en ese viaje pensando que esto se va a acabar, entonces, estaríamos saboteando esa experiencia”, insistió.

La invitación, dijo, es permanecer en el presente y permitirse experimentar la alegría sin anticipar el regreso a la rutina.

Finalmente, la psicóloga Figueroa Montero subrayó que en Puerto Rico existen múltiples alternativas accesibles para incorporar estas pausas como parte del autocuidado.

“El beneficio psicológico proviene principalmente del cambio de rutina y de la posibilidad de desconectarse, no de la distancia recorrida ni del dinero invertido”, opinó.

Agregó que una visita a la playa, un río, la montaña o incluso pasar una noche fuera de casa puede ofrecer el espacio de recuperación mental que muchas personas necesitan, al tiempo que fomenta el turismo interno y el bienestar a largo plazo.

Mientras, Cordero Quiñones propuso desde disfrutar una taza de café con calma, contemplar un atardecer, caminar por la playa, conversar con un ser querido o dedicar unos minutos a colorear, escuchar música o meditar, todas tienen un elemento en común: son pausas intencionales que ayudan a cultivar bienestar emocional. “En el medio de todo lo que está pasando en mi vida, media hora, 10 minutos o 15 minutos yo los voy a separar celosamente para mí”, concluyó.