El desarrollo del trastorno de pánico puede estar relacionado a múltiples factores que incluyen el estrés, la genética, las pérdidas significativas, experiencias adversas en la infancia y la manera en que una persona aprende a manejar el estrés desde etapas tempranas de su vida. 

La doctora Solymar Alicea, psicóloga clínica, explicó que, aunque el primer ataque puede aparecer de manera repentina, muchas veces ocurre después de meses o incluso años de acumulación de estrés. Ha observado que algunas personas llegan a ese punto después de atravesar dificultades personales, laborales o familiares y de intentar mantenerse fuertes frente a ellas.

Alicea también señaló que, más allá de la genética, el “modelaje” puede tener un papel importante. Explicó que las personas pueden aprender desde pequeñas cómo quienes las rodean manejan la ansiedad, cómo reaccionan ante las dificultades y qué patrones de preocupación observan. Las pérdidas significativas, el divorcio, la presión laboral, las experiencias traumáticas, el abuso, el maltrato y la violencia también pueden aumentar la vulnerabilidad. A esto se sumaban algunos hábitos, como el consumo de alcohol, cafeína, cigarrillos u otras sustancias, así como los episodios de depresión.

En este marco, una revisión sistemática y metaanálisis publicado en Psychological Medicine analizó 34 estudios con 192,182 participantes y encontró una asociación entre las experiencias adversas durante la infancia y el trastorno de pánico en la adultez. En conjunto, las personas que reportaron adversidades infantiles presentaron aproximadamente 2.2 veces mayores probabilidades de tener trastorno de pánico que quienes no las reportaron. La asociación también apareció con experiencias específicas como abuso sexual, abuso físico y separación o pérdida de los padres.

Para la especialista, el tratamiento requiere un compromiso activo con la psicoterapia, particularmente con la terapia cognitivo-conductual. Explicó que el trabajo no consiste solamente en reducir los síntomas, sino en ayudar a la persona a reconocer las señales, identificar sus detonantes y recuperar progresivamente la confianza en su capacidad para manejar la ansiedad. También destacó la importancia de combinar, cuando fuera necesario, la terapia con medicamentos bajo supervisión médica y técnicas de respiración.

El trastorno de pánico se caracteriza por ataques recurrentes e inesperados y por un miedo persistente a que vuelvan a ocurrir. La psicóloga Zayana Figueroa Montero sostuvo que la diferencia fundamental figura en la recurrencia: muchas personas pueden experimentar un ataque de pánico aislado durante un periodo de mucho estrés y nunca volver a tener otro. Eso no constituía un trastorno de pánico. El problema aparece cuando la persona comenzaba a organizar su vida alrededor del miedo, cambiaba sus rutinas, evitaba lugares o dejaba de hacer actividades.

Cómo surge y se vive un ataque de pánico

Un ataque de pánico suele aparecer de forma repentina y alcanza su máxima intensidad en pocos minutos. Los síntomas incluyen palpitaciones, falta de aire, opresión en el pecho, mareos, temblores, sudoración, hormigueo y una sensación de irrealidad o desconexión del entorno. También pueden aparecer pensamientos catastróficos, como creer que se está sufriendo un infarto, que se perderá el control o que se va a morir. Figueroa Montero explicó que reconocer estos síntomas puede ayudar a entender que, aunque la experiencia resulte aterradora, es “una ola que sube y baja, no un peligro real”.

El primer ataque puede llegar sin aviso, incluso sin un desencadenante claro. Sin embargo, la psicóloga señaló que existe un terreno de vulnerabilidad: las personas con mayor sensibilidad a las sensaciones corporales y tendencia a interpretar cualquier síntoma físico como peligroso tenían más probabilidades de desarrollar el trastorno.

Durante un ataque, el organismo activa el sistema de alarma que prepara al cuerpo para huir o luchar, aunque no exista un peligro externo. La adrenalina acelera el corazón y altera la respiración, mientras que esas sensaciones son interpretadas como una amenaza. “Es un círculo”, detalló Figueroa Montero. “El cuerpo reacciona, la mente lo interpreta como amenaza, y esa interpretación alimenta más la reacción física”, continuó.

Alicea también observó que el impacto del trastorno podía extenderse más allá de los episodios de pánico y modificar la manera en que la persona se relaciona consigo misma y con su entorno. Señaló que, cuando el miedo comenzaba a condicionar decisiones cotidianas, algunas personas pueden sentirse frustradas por no poder hacer cosas que antes realizaban con normalidad o depender cada vez más de familiares y personas cercanas. Para la especialista, recuperar esas áreas de autonomía formaba parte importante del proceso terapéutico, porque el objetivo no era únicamente reducir los ataques, sino ayudar a la persona a volver a sentirse capaz de manejar su vida.

Hay tratamiento que funciona

Uno de los mecanismos que puede mantener el trastorno son los llamados “objetos de seguridad”: medicamentos, agua, teléfonos u otros elementos que una persona lleva consigo para sentirse protegida. Según la psicóloga Figueroa Montero, aunque reducen la ansiedad momentáneamente, pueden enseñarle a la mente que sin ellos no podrá afrontar un ataque. Lo mismo ocurre con la evitación de lugares, conducir, viajar, hacer ejercicio o consumir café. “Cuanto más se evita, más fuerte se vuelve el miedo”, señaló.

La evidencia científica respalda el papel de estas conductas en el mantenimiento del trastorno. Un estudio con 46 pacientes con trastorno de pánico encontró que más de la mitad recurría a estrategias como llevar medicamentos, cargar una botella de agua, beber agua o distraer la atención. Los investigadores señalaron que estas conductas podían impedir que la persona comprobara que las consecuencias que temía no ocurrían. En otro estudio experimental, los pacientes que dejaron de utilizar sus conductas de seguridad durante una exposición mostraron una mayor reducción de las creencias catastróficas y de la ansiedad que quienes las mantuvieron.

El papel de familiares y amigos también puede ser determinante durante un episodio. Alicea recomendó que, en lugar de decirle a la persona “cálmate” o “eso solo está en tu cabeza”, se le hablara con un tono suave y firme y se validara lo que estaba experimentando. Sugirió hacer preguntas sencillas para identificar dónde se encontraba y cómo se sentía, ayudarla a concentrarse en objetos y estímulos a su alrededor y acompañarla a respirar despacio. Si el episodio ocurre en un lugar concurrido, recomendó alejarse de la multitud y buscar un espacio con menos ruido y estímulos.

Sobre la recuperación, Alicea fue más cautelosa. Aunque reconoció que muchas personas podían recuperar su vida normal, dijo que en su experiencia clínica había atendido pacientes que permanecían durante años con ataques recurrentes. Para ella, la clave estaba en dejar de “pelear con la ansiedad” y comprender que las sensaciones pueden disminuir al reconocerlas como inofensivas. El proceso, advirtió, podía tomar tiempo y requería “compromiso, asistencia y disciplina” con el tratamiento.

La terapia cognitivo-conductual es uno de los tratamientos de primera línea. Figueroa Montero explicó que esta trabaja los pensamientos catastróficos, la exposición a las sensaciones físicas temidas y la exposición gradual a las situaciones evitadas. La medicación también puede ser útil en algunos casos bajo supervisión médica, mientras que la respiración y la relajación sirven para manejar los momentos agudos, pero no sustituyen el tratamiento de fondo.

Para quienes viven con miedo constante, su mensaje fue directo: “lo que sientes en un ataque es real como sensación, pero no es peligroso”. También aseguró que es posible recuperarse y que “nadie debería vivir años con esto cuando existe un tratamiento que funciona”.