Criar a un hijo implica orientar, acompañar y educar, pero también aceptar que llegará el momento en que tome sus propias decisiones. Para muchos padres, ese proceso resulta difícil porque las elecciones de los hijos adultos suelen despertar sentimientos de culpa, frustración o la sensación de haber fallado.
Sin embargo, la psicóloga clínica Ivelisse Maldonado Morales, con más de dos décadas de experiencia trabajando con familias, explicó que la responsabilidad de los padres tiene límites y que el desarrollo de la autonomía es parte natural del crecimiento.
Agregó que existe la creencia equivocada de que los padres controlan por completo el destino de sus hijos.
“La realidad es que los padres influyen grandemente”, dijo.
Sin embargo, recordó que la función principal de la crianza es “educar, modelar los valores, orientar y acompañar”. Mientras que, a largo plazo, le corresponde a los hijos ejercer su propia voluntad y asumir las consecuencias de sus decisiones.
Aceptar que un hijo construya una vida distinta a la imaginada no solo implica aprender a soltar, sino también revisar las creencias con las que se ejerce la crianza. Para Javier Méndez Lozada, doctor en Consejería Psicológica especializado en niños y adolescentes, el sentimiento de culpa y la necesidad de controlar cada aspecto de la vida de los hijos suelen nacer mucho antes de que estos alcancen la adultez.
Méndez Lozada indicó que la manera en que los padres enfrentan la independencia de sus hijos depende de cómo entienden su papel dentro de la familia.
“En la medida en que los padres sean flexibles respecto a cuál es su responsabilidad a lo largo de las etapas de desarrollo de sus hijos, menos difícil se les va a hacer”, expresó.
Sin embargo, advirtió que el proceso “nunca es sencillo”, porque implica dejar que alguien a quien se cuidó durante años comience a tomar sus propias decisiones.
En este marco, según Méndez Lozada, las primeras señales de una crianza excesivamente controladora aparecen desde la infancia. Padres que intervienen en cada actividad, que evitan que sus hijos asuman riesgos acordes con su edad o que limitan constantemente su autonomía pueden enfrentar mayores dificultades cuando llega el momento de darles independencia, ejemplificó.
Esa necesidad de controlar, señaló, suele estar alimentada por una idea equivocada sobre la paternidad y la maternidad. “Es una creencia irracional”, afirmó, al referirse a pensar que un buen padre o madre puede evitar todo sufrimiento o garantizar el éxito de sus hijos. Cuando esa expectativa inevitablemente no se cumple, aparecen la culpa, la frustración y la decepción.
El experto advirtió que esta dinámica también termina afectando a los propios padres, ya que los “agota”. Explicó que los obliga a vivir en un estado permanente de vigilancia frente a peligros que, en muchos casos, son imposibles de controlar.
En consonancia con Méndez Lozada, Maldonado Morales señaló que muchos padres cargan con una culpa excesiva cuando sus hijos toman caminos distintos a los que imaginaron.
“Si un padre logró actuar con amor, procuró orientar y estuvo presente, no debe asumir automáticamente que cada error que su hijo comete es consecuencia de una falla en su crianza”, expresó.
La psicóloga también destacó que uno de los conceptos que más confusión genera es la diferencia entre aceptar y aprobar.
“No es lo mismo la aceptación que la aprobación”, afirmó, al tiempo que explicó que aceptar significa reconocer el derecho del hijo a escoger su rumbo sin romper el vínculo afectivo, aunque los padres no compartan todas sus decisiones.
Para la especialista, uno de los mayores retos de la maternidad y la paternidad es aprender a soltar. Ese proceso requiere confiar en la formación brindada y evitar quedar atrapados en pensamientos sobre “lo que pude haber hecho”, porque, según dijo, “la culpa excesiva siempre suele estar relacionada con la ilusión del control”.
Con el paso del tiempo, ese exceso de control también puede deteriorar el vínculo familiar, añadió Méndez Lozada. Durante la adolescencia, cuando surge la necesidad natural de explorar y construir una identidad propia, el hijo puede dejar de ver a sus padres como una guía. “El padre sobreprotector puede provocar que se quiebre esa relación”, dijo.
El concepto de burnout parental describe un estado de agotamiento extremo ligado a la crianza, acompañado de distancia emocional hacia los hijos y pérdida de satisfacción en el rol parental. Estudios científicos muestran que este estado se asocia estrechamente con el estrés crónico y con intensas emociones de culpa e insuficiencia, que no solo aparecen como consecuencia del agotamiento sino que también lo perpetúan. Este fenómeno se ha observado con mayor frecuencia en contextos donde los padres se sienten presionados por ideales de “crianza perfecta” y escaso apoyo social.
En otra investigación, los autores encontraron que la combinación de altos estándares de “crianza ideal” y la percepción de no alcanzarlos genera un ciclo de autocrítica y culpa que deteriora el bienestar psicológico de los padres y aumenta el riesgo de desconexión emocional con los hijos.
La autonomía, añadió, tampoco aparece de un día para otro, continuó Maldonado Morales. Se construye de manera gradual, permitiendo que los hijos tomen decisiones acordes con su nivel de madurez mientras los padres pasan de ser directores a convertirse en consejeros.
Maldonado Morales recomendó que las familias busquen orientación cuando sientan que el miedo o la culpa dominan la relación con sus hijos. También, resaltó la importancia de contar con redes de apoyo y de reflexionar sobre los patrones de crianza heredados para no repetir dinámicas dañinas.
A su juicio, el objetivo no es controlar permanentemente ni abandonar demasiado pronto, sino acompañar el desarrollo de una autonomía saludable, basada en la responsabilidad, el aprendizaje y la confianza.
Méndez Lozada sugirió buscar ayuda profesional cuando la necesidad de controlar domina la crianza y, además, crear redes de apoyo con otros padres. Compartir experiencias, escuchar distintos puntos de vista y sentirse acompañado, aseguró, reduce la carga emocional y facilita una crianza más equilibrada, basada en la confianza y no en el miedo.
“Los adolescentes son como el jabón mojado; mientras más los aprietas, más rápido se te resbalan de las manos”, concluyó.



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