Hay preguntas que muchas personas se hacen en silencio: ¿por qué reacciono así?, ¿por qué me cuesta confiar?, ¿por qué ciertos comentarios me duelen tanto?, ¿por qué a veces siento miedo incluso cuando no hay una amenaza real?

Aunque estas preguntas son personales, tienen una explicación desde la ciencia. Ya que nuestra forma de responder emocionalmente no aparece de la nada. Se construye a través de nuestras experiencias, vínculos, crianza, pérdidas y las formas en que aprendimos a protegernos.

Desde la psicología, sabemos que las relaciones tempranas tienen un impacto importante en la manera en que aprendemos a sentir seguridad, amor, cercanía y confianza. Cuando una persona crece en un ambiente donde sus necesidades son reconocidas, el cuerpo aprende que el mundo puede ser un lugar relativamente seguro. Pero cuando el cuidado fue inconsistente, ausente, impredecible o doloroso, el sistema nervioso puede aprender a vivir en alerta. Es aquí donde podemos reconocer que muchas de nuestras respuestas tienen una historia.

A veces la persona que hoy evita una conversación difícil aprendió, en algún momento, que hablar traía consecuencias negativas. A veces quien siente que necesita agradar todo el tiempo aprendió que ser aceptada dependía de no incomodar. A veces quien desconfía no es “fría” o “difícil”, sino alguien que aprendió que confiar podía doler. A veces quien se desconecta emocionalmente no lo hace porque no siente, sino porque sintió demasiado durante mucho tiempo.

En mi libro Lo que aprendimos sin darnos cuenta, exploro precisamente esos comportamientos que se dan gracias a los aprendizajes emocionales que cargamos sin siempre poder nombrarlos. Una de las ideas centrales del libro es que no todo patrón es una falla de carácter. Muchas veces, lo que hoy nos limita fue antes una estrategia de supervivencia. El detalle es que algunas estrategias que nos protegieron en el pasado pueden empezar a encerrarnos en el presente.

Por eso, sanar requiere más que fuerza de voluntad. Requiere comprensión y preguntarnos con honestidad: ¿esta respuesta todavía me ayuda o ya me está alejando de la vida que quiero construir? Como comparto en el libro: “Sanar no siempre significa olvidar. A veces, sanar es reconocer lo que aprendimos para sobrevivir.” Esa frase es importante porque muchas personas creen que sanar significa borrar lo vivido, superarlo rápido o dejar de sentir. Pero sanar no es negar la historia. Sanar es poder mirarla con más conciencia. Es entender que el cuerpo recuerda, que las emociones tienen memoria y que muchas veces reaccionamos desde lugares que todavía necesitan cuidado.

La buena noticia es que el sistema nervioso puede aprender de nuevo. Investigaciones sobre resiliencia nos recuerdan que las experiencias reparadoras, terapia, relaciones seguras, reflexión y la regulación emocional pueden ayudarnos a construir nuevas formas de responder. Y durante esos procesos podemos empezar a mirarnos con menos juicio y más compasión. Porque comprendernos no nos quita responsabilidad; nos devuelve posibilidades que sentíamos perdidas.

Tres recomendaciones para comenzar a observar tus patrones

  1. Observa tu reacción antes de juzgarla.
    Cuando notes una emoción intensa, intenta pausar y preguntarte: ¿qué estoy sintiendo?, ¿qué situación activó esta respuesta?, ¿mi reacción pertenece solo a este momento o se parece a algo que he vivido antes? Nombrar la emoción ayuda a crear distancia entre lo que sientes y lo que haces con eso.
  2. Pregúntate qué función tuvo ese patrón.
    En vez de pensar “soy demasiado sensible” o “siempre arruino todo”, intenta cambiar la pregunta: ¿para qué me sirvió esta respuesta en algún momento de mi vida? Quizás complacer, callar, controlar o desconectarte fueron formas de protegerte. Entender la función de un patrón es un primer paso para transformarlo.
  3. Busca experiencias reparadoras.
    Sanar no ocurre solo en la mente; también ocurre en vínculos, espacios y prácticas que le enseñan al cuerpo que ahora puede estar más seguro. La terapia, las relaciones saludables, la escritura reflexiva, regulación emocional y las conversaciones honestas pueden ayudarte a construir nuevas respuestas.

Estas recomendaciones no buscan resolver en minutos lo que pudo haberse aprendido durante años. Más bien, son una invitación a comenzar con algo esencial: observarnos con más honestidad y menos dureza. Comprender nuestras respuestas no significa quedarnos atrapadas en el pasado ni justificar todo lo que hacemos. Significa reconocer que muchas de nuestras formas de sentir, amar, defendernos o alejarnos tuvieron un origen. Y cuando podemos mirar ese origen con claridad, también podemos empezar a construir respuestas nuevas.

Escribí Lo que aprendimos sin darnos cuenta para apoyarte en ese proceso extendiendo una invitación a cada lector y lectora, a mirar su vida con empatía y ciencia. A reconocer que incluso en el dolor hubo aprendizaje, y que comprenderlo puede ser el comienzo de una forma más libre, consciente y compasiva de habitar el mundo.

Presentación del libro

La Dra. Marenid Planell Camacho estará presentando Lo que aprendimos sin darnos cuenta en San Juan, Puerto Rico en un encuentro íntimo de conversación, reflexión y comunidad.

Fecha: 25 de julio de 2026
Hora: 1:00 p.m.
Lugar: Studio 1756 | 1756 Av. Manuel Fernández Juncos, San Juan, 00909, Puerto Rico

RSVP: Reserve su espacio gratis y/o asegure su copia con un boleto aquí: https://tinyurl.com/4sx87u49

*La autora es posee un bachillerato en Psicología y Estadística y una maestría en Terapia Familiar y Matrimonial. En el 2025, completó un doctorado en Salud Pública con especialidad en Programas, Políticas y Sistemas de Salud, y desde 2012 se ha especializado en Salud Mental Perinatal. Actualmente, se desempeña como investigadora, asesora, autora y directora de Más allá del útero, organización educativa fundada en 2017 con el propósito de crear y difundir contenido sobre Salud Mental Perinatal.