IMG 9050
Valeria M. Acevedo Carrasquillo

Cuando una persona llega a terapia, trae más que una preocupación o un síntoma. Llega con una historia de vida, una manera de relacionarse con el mundo y experiencias que, en ocasiones, comenzaron antes de su nacimiento. Comprenderla requiere mirar más allá del presente y explorar el contexto familiar, relacional e intergeneracional.

En salud mental, la evaluación inicial es fundamental. Sin embargo, no debemos reducirla a identificar síntomas, establecer un diagnóstico o conocer los acontecimientos recientes. También necesitamos preguntarnos: ¿qué historias preceden a esta persona?, ¿qué patrones se repiten en su familia? y ¿qué acontecimientos importantes nunca se han hablado?

Estas preguntas nos permiten comprender al ser humano de forma más integral.

El genograma: una historia familiar que sigue evolucionando

Una herramienta que utilizo y recomiendo en la práctica clínica es el genograma. Este recurso representa gráficamente varias generaciones, sus integrantes, relaciones y acontecimientos significativos. Ayuda a identificar patrones relacionales, antecedentes de salud física y mental, pérdidas, separaciones y otras experiencias relevantes para la terapia.

Como profesora y supervisora de estudiantes de práctica clínica, recuerdo que el genograma es un instrumento vivo. Las familias evolucionan, las personas cambian y los vínculos se transforman. Algunas relaciones se fortalecen, otras se distancian y algunas se fracturan. También pueden surgir acontecimientos antes desconocidos o nunca compartidos.

Por eso, el genograma debe revisarse y enriquecerse a medida que avanza la intervención y se construye una relación terapéutica de confianza.

Aunque a veces limitamos la exploración a padres y abuelos, también conviene considerar, cuando sea pertinente, a bisabuelos, tíos y tías. ¿Qué enfermedades padecieron? ¿Existen antecedentes de salud mental? ¿Hubo violencia, migración, participación militar o pérdidas traumáticas? ¿Murió algún familiar en circunstancias nunca explicadas? ¿Hay integrantes cuya historia permanece en silencio?

No siempre encontraremos respuestas a todas estas preguntas. Lo importante es reconocer que la información disponible, así como aquella que permanece desconocida, puede ayudarnos a comprender mejor el contexto de la persona.

El ecomapa: comprender los vínculos que nos rodean

El genograma cobra sentido cuando se complementa con el ecomapa. Mientras el primero explora la estructura y las relaciones familiares entre generaciones, el ecomapa identifica vínculos con el entorno actual: amistades, comunidad, escuela, trabajo, instituciones y grupos de apoyo.

Esta herramienta permite reconocer fuentes de apoyo y relaciones que generan tensión, aislamiento o desgaste emocional, así como recursos que podemos fortalecer.

Ambos instrumentos se complementan: uno nos acerca a la historia familiar y el otro muestra cómo la persona se relaciona con los sistemas de su vida. Su valor está en las conversaciones que propician y la comprensión que construimos junto al paciente.

Lo que se calla también forma parte de la historia

En mi experiencia docente, una de las actividades que más reflexión provoca es la elaboración del propio genograma. Algunos estudiantes regresan sorprendidos por sus descubrimientos: familiares desconocidos, pérdidas silenciadas o patrones que reconocen en sus relaciones.

Estas experiencias nos recuerdan que las familias no siempre hablan de todo lo vivido. El sufrimiento, la vergüenza, el estigma, los conflictos y las experiencias traumáticas pueden mantener acontecimientos silenciados durante años. A veces, callar fue la manera que encontraron algunas personas para sobrevivir o continuar adelante. Sin embargo, ese silencio puede limitar las oportunidades de comprender lo ocurrido y elaborar sus efectos.

Reconocer estas historias no significa asumir que todo está determinado por la familia ni que estamos condenados a repetir patrones. Se trata de explorar conexiones y comprender cómo ciertas experiencias pudieron influir en nuestras creencias, emociones y estrategias para afrontar la vida.

En ocasiones, una persona descubre que aquello que consideraba un problema exclusivamente suyo también estuvo presente en la vida de sus padres o abuelos. Ese reconocimiento puede abrir nuevas preguntas: ¿qué aprendí sobre el amor, el abandono, el conflicto o la expresión de las emociones? ¿Qué patrones deseo conservar y cuáles necesito transformar?

Explorar estas conexiones no busca encontrar culpables ni explicar cada dificultad a partir del pasado. La historia familiar es una fuente de información, no una sentencia. Las personas cuentan con decisiones, capacidades, relaciones protectoras y oportunidades de cambio. Escuchar sin juzgar permite que el paciente decida qué significado tienen sus descubrimientos y qué desea hacer con ellos. El profesional acompaña ese proceso con preguntas, reconoce los límites de la información y evita imponer interpretaciones. El genograma y el ecomapa ayudan a ampliar la comprensión, fortalecer apoyos y orientar objetivos terapéuticos para cada persona.

Conocer la historia para abrir nuevas posibilidades

Como profesionales de la salud mental, también debemos explorar nuestra propia historia. Conocer nuestro linaje e identificar patrones nos ayuda a comprender cómo nuestras experiencias influyen en la manera de escuchar y acompañar. La supervisión, la reflexión profesional y, cuando sea necesario, la terapia propia son recursos importantes.

Explorar la historia familiar requiere sensibilidad y respeto. No todas las personas conocen sus antecedentes, tienen acceso a sus familiares o están preparadas para abordar ciertos acontecimientos. Estas conversaciones deben ocurrir a un ritmo seguro, sin presionar revelaciones ni abordar experiencias dolorosas sin acompañamiento adecuado.

La terapia puede movilizar emociones difíciles, pero el sufrimiento no debe convertirse en un requisito para sanar. Nuestro deber es acompañar con empatía, ofrecer herramientas y ayudar a que cada persona encuentre significado a su experiencia sin sentirse definida por ella.

En este Mes de la Salud Mental, invito a mis colegas a mirar más allá del motivo inmediato de consulta e incorporar, cuando sea pertinente, la exploración de la historia familiar en sus evaluaciones. También invito a las personas que reciben servicios a acercarse a su historia con curiosidad, compasión y apertura.

Porque, en ocasiones, comprender de dónde venimos nos permite entender mejor quiénes somos. Cuando reconocemos los patrones que hemos aprendido, podemos comenzar a decidir cuáles queremos transformar.

No podemos cambiar la historia que nos precede, pero sí podemos trabajar para que aquello que nos ha marcado no determine inevitablemente lo que viene después.

*La autora es trabajadora social clínica, terapeuta de familias y parejas, y abogada.