Relacionarse con personas difíciles no solo agota emocionalmente, también puede dejar huellas visibles en el cuerpo.
Así lo explicó la psicóloga Zayana Figueroa Montero, quien advirtió que convivir con vínculos tensos de forma prolongada activa mecanismos biológicos que aceleran el desgaste.
Según Figueroa Montero, cuando alguien nos genera estrés constante, el organismo entra en un estado de alerta que debería ser temporal.
“Ese modo fue diseñado para emergencias cortas, no para durar meses o años”, afirmó.
Sin embargo, cuando se mantiene activo por demasiado tiempo, el cuerpo empieza a pagar el precio: aumenta la inflamación, se debilita el sistema inmune y se acortan los telómeros, estructuras que protegen el ADN.
“No es metáfora, es biología. El cuerpo no distingue entre un peligro físico y una relación que nos hace daño”, sostuvo.
Para la psicóloga clínica Manuela González Dávila, hablar de “personas difíciles” exige matices. La especialista, en proceso de subespecialización en trastornos de ansiedad, subrayó que el impacto de estas relaciones no es automático, pero sí puede ser profundo cuando se sostiene en el tiempo.
“Es importante no simplificar como decir que lidiar con una persona difícil puede envejecernos”, explicó. A su juicio, no se trata de una relación inmediata de causa y efecto. Sin embargo, advirtió que, cuando el estrés interpersonal se mantiene de forma constante, puede activar el sistema de ansiedad y elevar el cortisol, la hormona del estrés. Ese desgaste prolongado, afirmó, a largo plazo podría implicar un desgaste físico y quizás un envejecimiento a nivel celular.
González Dávila insistió en que no todas las personas reaccionan igual ante un vínculo desgastante. Influyen factores como la capacidad de regular emociones, el apoyo social, los hábitos de autocuidado y la mentalidad con la que se enfrenta la relación.
“Tiene mucho que ver con la forma en que yo manejo esa situación y la conceptualizo”, indicó.
Una “persona difícil” no es solo una etiqueta
Por su parte, Figueroa Montero aclaró que una “persona difícil” no es solo una etiqueta, sino una dinámica repetitiva que deja consecuencias. La describió como alguien que genera “confusión, agotamiento o malestar” en quienes lo rodean. Puede ser crítica, impredecible o incapaz de asumir responsabilidad.
Aunque detrás suele haber heridas o carencias emocionales, enfatizó que comprender el origen “no significa excusar el daño”.
Mientras, la psicóloga González Dávila subrayó que ser una persona “difícil” no es un diagnóstico.
“Es una forma coloquial de describir a alguien o una relación que se nos hace incómoda o frustrante”, dijo.
En términos generales, lo asoció a personas que no logran autorregularse y reaccionan de manera impulsiva o inapropiada. También, mencionó la influencia de estilos de apego. Un apego ansioso puede llevar a conductas demandantes, mientras que uno evitativo dificulta la conexión emocional e impide la intimidad, ejemplificó. En muchos casos, añadió, hay historias de maltrato o experiencias adversas tempranas.
Sin embargo, Figueroa Montero insistió en que el problema se agrava porque el estrés emocional que genera este tipo de dinámica (lidiar con una persona “difícil”) no tiene cierre.
“Sigue cuando llegamos a casa, cuando intentamos dormir, cuando estamos en la ducha”, explicó, y añadió que el cerebro revive el conflicto una y otra vez.
Además, el dolor social impacta igual que el físico, ya que los estudios muestran que activa las mismas zonas del cerebro.
A esto, González Dávila añadió que, en términos físicos y mentales, los posibles efectos de una relación de amistad, familiar, trabajo o el contacto constante con una persona de este perfil pueden variar entre problemas gastrointestinales, palpitaciones, sudoración, ataques de pánico y trastornos de ansiedad, sobre todo cuando existe convivencia o desigualdad de poder.
Asimismo, Montero Figueroa señaló que la culpa, la vergüenza y la ansiedad anticipatoria son emociones especialmente corrosivas. Cuando el sistema nervioso se acostumbra a vivir en alerta, aparecen factores como el insomnio, irritabilidad y un agotamiento profundo. “No es cansancio físico, es cansancio del alma”, sostuvo.
En este marco, un estudio publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de América (PNAS) halló que el estrés social crónico, como mantener relaciones conflictivas o tensas, se asoció con un mayor envejecimiento biológico, medido mediante marcadores epigenéticos (metilación del ADN). En otras palabras, las relaciones negativas pueden acelerar procesos celulares vinculados al envejecimiento.
Figueroa Montero diferenció un conflicto normal de una relación dañina. Lo determinante no es la discusión, sino la ausencia de reparación, subrayó. En vínculos sanos hay conversación y reconocimiento; en los tóxicos, el ciclo se repetía sin resolverse. “Si salimos sintiéndonos menos, culpables, confundidos o vacíos, eso no es un conflicto normal”, advirtió.
En sintonía con Figueroa Montero, González Dávila señaló que el estrés emocional puede ser especialmente dañino porque el ser humano “es un ser social por naturaleza” y necesita sentirse seguro en sus vínculos. Cuando una relación constante no suple esa necesidad, el cuerpo responde con estrés y se afecta la calidad de vida.
En contraste con los conflictos ocasionales, que consideró inevitables e incluso saludables si se manejaban bien, una relación tóxica se caracterizaba por patrones disfuncionales sostenidos. Ahí, indicó, debía surgir una pregunta clave: “debo evaluarme yo… ¿por qué sostengo esta relación? ¿por qué no establezco límites?”, sostuvo González Dávila.
La recomendación principal de González Dávila fue la asertividad.
“Es esencial establecer límites y fronteras saludables”, afirmó, recordando que lo más dañino no es el conflicto, sino “que no haya una reparación”.
Además, la psicóloga clínica pidió evitar patologizar cualquier incomodidad al decir que hay que evitar utilizar diagnósticos de forma irresponsable. Para ella, el reto de fondo es cultural. Es indispensable aprender a comunicar necesidades sin culpa, porque los latinos en general tienen debilidad estableciendo límites, opinó.
Para protegerse, Figueroa Montero recomendó límites emocionales y reducir expectativas.
“Dejar de esperar que cambie no es rendirse, es protegernos”. También sugirió rituales de recuperación y apoyo terapéutico. “Vale la pena preguntarnos no solo cómo sobrevivir a una persona difícil, sino ¿por qué seguimos en esa dinámica?,” preguntó.


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