La abulia es una alteración de la motivación y la iniciativa que dificulta comenzar, mantener o completar actividades cotidianas, incluso cuando la persona conserva las capacidades físicas e intelectuales necesarias para realizarlas. En adultos, puede manifestarse en dificultades para levantarse de la cama, cumplir responsabilidades laborales, tomar decisiones o mantener relaciones sociales.
En este marco, la psicóloga María Rodríguez Vidal explicó que la abulia se considera, principalmente, un síntoma o síndrome clínico, no un diagnóstico independiente en los principales manuales de salud mental. Para identificarla, resulta fundamental observar “un cambio significativo respecto al funcionamiento habitual de la persona”.
A diferencia de la pereza, que es la falta de disposición para realizar una actividad, la abulia implica una dificultad persistente que puede afectar distintas áreas de la vida. Una persona puede comprender la importancia de sus responsabilidades y, aún así, tener problemas para empezar a cumplirlas. También debe distinguirse de la apatía, la anhedonia, la disminución de la capacidad para experimentar placer, y la fatiga, aunque estas manifestaciones pueden coexistir.
Entre las posibles causas en adultos, Rodríguez Vidal señaló a los trastornos depresivos, la enfermedad de Parkinson, los accidentes cerebrovasculares, las lesiones cerebrales traumáticas y algunas enfermedades neurodegenerativas. Desde la perspectiva neuropsicológica, Rodríguez Vidal señala que la abulia se relaciona con alteraciones en los circuitos cerebrales implicados en la motivación, la planificación y la iniciación de conductas. También deben explorarse posibles efectos de medicamentos y otras condiciones médicas.
En el día a día, puede observarse una reducción de la espontaneidad, el abandono progresivo de responsabilidades, la necesidad de recordatorios constantes y, en los casos más graves, el descuido del autocuidado. Estas dificultades también afectan las relaciones personales: los familiares pueden interpretar la falta de iniciativa como desinterés, cuando responde a una alteración de la motivación.
Por eso, la psicóloga recomendó evitar etiquetas como “es un vago”, “no quiere hacer nada” o “le falta voluntad”. En su lugar, propuso establecer rutinas, dividir las tareas en pasos pequeños, utilizar recordatorios y reconocer los avances sin recurrir a críticas por el ritmo de progreso.
La abulia en la infancia y adolescencia
El psicólogo Andrés Cruz Santos, quien abordó la abulia desde la adolescencia y la infancia, advirtió que las dificultades para iniciar actividades pueden confundirse con desinterés o falta de compromiso. Un menor puede saber qué tiene que hacer e incluso querer hacerlo, pero “parece no encontrar el impulso necesario para comenzar”.
En estos casos, sostuvo, pueden aparecer respuestas más lentas, menor espontaneidad al conversar, abandono de tareas y necesidad de instrucciones constantes para actividades como estudiar, bañarse u organizar la mochila. Una señal importante es que estas conductas representan un cambio respecto a la manera habitual de funcionar del menor.
Las causas en niños pueden ser diversas. Cruz Santos señaló que una disminución de la iniciativa puede relacionarse con depresión, ansiedad intensa, trauma, estrés crónico, duelo, agotamiento, problemas de sueño o dificultades de las funciones ejecutivas, como las asociadas al trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). También deben considerarse posibles efectos de medicamentos y condiciones médicas o neurológicas. Por eso, insistió en que no toda falta de motivación constituye abulia.
En el ámbito escolar, estas dificultades pueden traducirse en trabajos incompletos, ausencias, poca participación y problemas para comenzar exámenes, incluso cuando el estudiante comprende el material, sostuvo Cruz Santos. En las relaciones sociales, puede dejar de iniciar conversaciones, rechazar invitaciones o parecer distante. Las críticas de familiares, docentes y compañeros pueden aumentar el aislamiento cuando interpretan estas conductas como irresponsabilidad, dijo el experto.
La evidencia científica específica sobre la abulia es limitada, en parte porque se considera un síntoma o síndrome clínico y no un diagnóstico independiente. La investigación aborda con frecuencia su relación con enfermedades neurológicas y psiquiátricas, así como sus efectos en el funcionamiento cotidiano. Aunque existen estudios sobre la apatía y las dificultades de motivación en menores, la evidencia específica sobre la abulia durante la infancia y la adolescencia sigue siendo más limitada.
Para acompañar al menor, Cruz Santos recomendó evitar preguntas como “¿Por qué eres tan vago?” y explorar qué está experimentando. “¿Quieres hacerlas, pero sientes que algo te frena?”, sugirió preguntar, además de indagar sobre el sueño, el estado emocional y posibles dificultades en la escuela o el hogar.
El psicólogo también destacó la importancia de observar cambios en el disfrute de actividades, el comportamiento y las relaciones. Si el menor expresa deseos de morir o hacerse daño, necesita atención inmediata; también si presenta un cambio neurológico repentino, mencionó Cruz Santos.
El tratamiento depende de la causa, dijo el psicólogo. Entre las estrategias que pueden ayudar se encuentran dividir las actividades en pasos pequeños, establecer rutinas visuales, ofrecer opciones concretas y reconocer el esfuerzo de comenzar, no solamente el resultado. En la escuela, pueden utilizarse instrucciones por etapas, descansos estructurados y acompañamiento individualizado. La psicoterapia permite trabajar las dificultades emocionales, la evitación y las habilidades ejecutivas cuando corresponde.
La evaluación profesional resulta importante cuando la falta de iniciativa persiste, supone un cambio respecto al comportamiento habitual o interfiere con las responsabilidades y necesidades básicas, añadió Rodríguez Vidal. El tratamiento depende de la causa y puede incluir intervenciones psicológicas, rehabilitación neuropsicológica, terapia ocupacional o tratamiento médico.
Rodríguez Vidal subrayó que la abulia no debe considerarse automáticamente una característica permanente de la personalidad. Identificar su origen permite orientar la intervención y proteger la autonomía de la persona, incluso cuando conserva muchas de sus capacidades.
Cruz Santos subrayó que la intervención no debe limitarse a exigir motivación, sino identificar qué dificulta la acción. “La idea principal es sencilla: cuando un menor deja de iniciar actividades, no debemos comenzar preguntando qué tiene de malo, sino qué puede estar dificultándole ponerse en marcha”, concluyó.






