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¿Dónde dejé las llaves? ¿A qué venía a esta habitación? ¿Cómo se llamaba aquella persona que conocí hace unos días? Estas experiencias pueden generar preocupación, especialmente a medida que pasan los años. Para muchas personas, un olvido aparentemente sencillo despierta de inmediato una pregunta inquietante: ¿Estaré desarrollando demencia? La memoria cambia a lo largo de la vida y olvidar ocasionalmente no implica necesariamente una enfermedad. Sin embargo, existen diferencias importantes entre los cambios cognitivos esperados con el envejecimiento y aquellos que merecen una evaluación más detallada.
Envejecer no significa desarrollar demencia
Con el envejecimiento, pueden producirse cambios sutiles en algunas habilidades cognitivas. Por ejemplo, podemos necesitar más tiempo para aprender información nueva o para recordar un nombre que ya conocemos. El National Institute on Aging (NIA, 2023) señala que olvidar ocasionalmente dónde colocamos un objeto, cometer algún error aislado o tardar más en recordar cierta información puede formar parte del envejecimiento normal.
Una distinción particularmente útil es preguntarnos no solo ¿olvidé algo?, sino también ¿qué ocurrió después?. No es lo mismo olvidar momentáneamente el nombre de una persona y recordarlo más tarde que olvidar repetidamente conversaciones completas y no reconocer que tuvieron lugar. Tampoco es equivalente olvidar ocasionalmente una fecha y luego recordarla que comenzar a desorientarse respecto al día, al mes o al lugar. Por tanto, la presencia de olvidos por sí sola no determina la existencia de una enfermedad neurodegenerativa. Más importantes son su frecuencia, su progresión, su contexto y su repercusión en la vida cotidiana.
Cuando la memoria comienza a levantar una bandera
Algunas señales merecen mayor atención. Entre ellas se encuentran repetir las mismas preguntas sin recordar que ya fueron respondidas, perderse en lugares conocidos, presentar dificultades nuevas para seguir instrucciones familiares o realizar actividades cotidianas, y mostrar una confusión creciente respecto al tiempo, las personas o los lugares (NIA, 2023). También puede ser significativo que familiares cercanos comiencen a identificar cambios que la propia persona no reconoce.
Las guías clínicas recientes de la Alzheimer’s Association enfatizan que, cuando la propia persona, un familiar o un profesional observa cambios cognitivos, conductuales o funcionales, estos no deben atribuirse automáticamente a “la edad”. En esas circunstancias se recomienda realizar una evaluación neuropsicológica estructurada para determinar qué puede estar ocurriendo (Atri et al., 2025).
Existe, además, un punto intermedio entre el envejecimiento cognitivo normal y la demencia, conocido como deterioro neurocognitivo leve. En esta condición, existen dificultades cognitivas mayores de lo esperado para la edad, pero la persona mantiene su independencia en las actividades cotidianas. Es importante aclarar que el deterioro neurocognitivo leve no implica necesariamente que la persona desarrolle un trastorno neurocognitivo mayor, conocido como demencia (NIA, 2023).
No todo problema de memoria comienza en la memoria
Este es quizás uno de los mensajes más importantes: sentir que tenemos mala memoria no significa necesariamente que la memoria sea el problema principal. Para recordar algo, primero debemos atenderlo y registrarlo adecuadamente. Pensemos en una conversación mientras, simultáneamente, revisamos el teléfono, pensamos en un problema del trabajo y estamos exhaustos tras dormir pocas horas. Al día siguiente, podríamos decir: “Me lo dijiste, pero se me olvidó”. Sin embargo, es posible que aquella información nunca se haya procesado adecuadamente desde el principio.
El sueño deficiente, los síntomas de depresión, el estrés, ciertos medicamentos y determinadas condiciones médicas pueden contribuir a dificultades cognitivas. Algunas de estas causas pueden ser tratables, lo que demuestra por qué no debemos asumir que toda dificultad de memoria representa una enfermedad de Alzheimer o demencia (NIA, 2023).
De igual manera, la salud cerebral no está aislada del resto del organismo. La evidencia contemporánea destaca la importancia de factores como la hipertensión, la diabetes, la actividad física, la audición, el colesterol, el consumo de alcohol, el aislamiento social y otros factores modificables a lo largo de la vida. La Comisión de The Lancet de 2024 identificó 14 factores potencialmente modificables asociados al riesgo de un trastorno neurocognitivo mayor, lo que refuerza la importancia de considerar la salud cerebral desde una perspectiva integral (Livingston et al., 2024).
¿Qué ocurre cuando buscamos ayuda?
Consultar por cambios de memoria no equivale a recibir automáticamente un diagnóstico de Alzheimer. Una evaluación adecuada busca responder a una pregunta mucho más amplia: ¿qué está ocurriendo y por qué? El proceso puede incluir la revisión del historial médico, de los medicamentos, del estado emocional y de las actividades de la vida diaria, así como pruebas cognitivas, estudios de laboratorio, de neuroimagen u otras herramientas diagnósticas. Las guías actuales favorecen un proceso individualizado y escalonado, seleccionando las herramientas de evaluación según las características y necesidades de cada persona (Atri et al., 2025).
Cuando se requiere una evaluación neuropsicológica, también es importante considerar la formación especializada del profesional que la realiza. La neuropsicología clínica requiere conocimientos y formación avanzados sobre las relaciones entre el cerebro y la conducta, así como sobre la evaluación, el diagnóstico y la interpretación de los patrones cognitivos. Los Houston Conference Guidelines establecieron la residencia o fellowship posdoctoral como parte fundamental de la formación especializada para adquirir competencias avanzadas en la práctica independiente de la neuropsicología clínica (Hannay et al., 1998). Este principio se refleja en las Minnesota Guidelines, que mantienen el entrenamiento posdoctoral especializado como etapa culminante de esta formación (Stringer et al., 2026).
Por ello, es importante conocer la formación especializada en neuropsicología clínica del profesional, incluido su cumplimiento del entrenamiento posdoctoral. Una evaluación neuropsicológica va mucho más allá de la administración de pruebas: permite caracterizar fortalezas y dificultades en áreas como la memoria, la atención, el lenguaje, la velocidad de procesamiento, las habilidades visuoespaciales y las funciones ejecutivas, e integrar estos hallazgos con la historia médica, neurológica, emocional y funcional de la persona. Esta integración contribuye a determinar si existe un patrón cognitivo clínicamente significativo y a orientar con mayor precisión el diagnóstico y las recomendaciones.
Prestar atención sin vivir con miedo
La meta no debería ser alarmarnos ante cada olvido ni ignorar los cambios persistentes atribuyéndolos simplemente a la edad. Olvidar ocasionalmente una palabra, extraviar las llaves o necesitar más tiempo para recuperar cierta información puede ocurrir durante el envejecimiento normal. En cambio, cuando los cambios son persistentes, progresivos, claramente diferentes del funcionamiento previo o comienzan a interferir con la independencia y las actividades cotidianas, merecen atención profesional. Nuestro cerebro cambia con los años, pero la demencia y el envejecimiento no son sinónimos. Reconocer esta diferencia puede ayudarnos a sustituir el miedo por información y, cuando sea necesario, buscar evaluación a tiempo.
*El autor es neuropsicólogo clínico certificado.


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