En enero del 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estimó que aproximadamente 264 millones de personas en todo el mundo sufrían de trastornos de ansiedad. Esto no debe sorprendernos, ya que si nosotros mismos no hemos experimentado estrés hasta el momento o no hemos vivido un episodio de ansiedad, de seguro conocemos de alguien muy cercano que sí ha pasado o está pasando por esa situación.

Nuestros niños y jóvenes no son la excepción, y en un país en donde sabemos que los servicios de salud mental no son suficientes para atender la necesidad de la población, es necesario que este fenómeno se atienda de manera preventiva. 

Las instituciones educativas tienen un rol social que trasciende la formación académica, técnica y profesional. Aquellos que trabajamos con menores tenemos el conocimiento, las herramientas, la posibilidad y el deber de impactar la vida de nuestros estudiantes con mucho más que contenidos teóricos o destrezas especializadas para el mundo laboral.

Lamentablemente, en muchas ocasiones, le damos demasiado énfasis al “material”, a las “evaluaciones” y a las “notas”. Se nos olvida que trabajamos con seres humanos, con personas quienes, más allá de su edad, se enfrentan día a día con las presiones que implica vivir en un país como el nuestro.

Muchos de esos niños y jóvenes provienen de realidades difíciles, recursos limitados, situaciones de precariedad, mala alimentación, diversidad funcional, problemas de salud física y mental, abandono, maltrato, discriminación, racismo, violencia machista y abuso de sustancias, por mencionar algunas. Todas estas realidades abonan al estrés y a la ansiedad provocando en los niños y jóvenes problemas de concentración, comprensión y memoria, dificultad para comunicarse claramente, desmotivación con sus estudios, falta de interés en las materias o actividades, poca participación en clase, descuido o pobre ejecución en las tareas académicas, malas notas, tardanzas, ausencias, bajas o deserción, entre otras tantas.

Maestros deben armar a los niños y jóvenes

Aunque predominantemente las condiciones de salud mental se trabajan directamente con el individuo, es importante destacar que el estrés y la ansiedad son fenómenos sociales provocados o agravados estructuralmente por la desigualdad social. Así que, mientras otros se dediquen a empeorar la situación del país, empobreciéndonos y agravando cada vez más la salud mental de todos, nosotros los maestros podemos y tenemos que combatir esa avalancha de maltrato e injusticia social armando a nuestros menores para que resistan, se defiendan, sobrevivan, se transformen, se apoyen y propongan cambios en contra del estrés y la ansiedad que nos quiere imponer el país.

Cada uno de nosotros tiene posibilidades distintas con sus estudiantes. Lo importante es no quedarse de brazos cruzados. Debido a esto, les comparto este ejemplo. Este mes le asigné a mis estudiantes una tarea sobre el estrés y la ansiedad que estaba compuesta de varias etapas. En la primera etapa, tenían que leer material sobre el estrés y la ansiedad, sobre sus causas, manifestaciones, efectos y formas de manejo.

En la segunda etapa, tenían que hacer un acto de introspección para identificar qué les daba estrés, cómo se manifestaba el estrés en ellos, cómo lo andaban experimentando actualmente, o sea, si lo estaban manejando adecuadamente o si se les había salido de control, qué complicaciones les estaba provocando y un plan de acción personal para manejarlo. En la tercera etapa, tenían que reunirse con su familia o seres queridos, resumirles el material que habían leído, conversar con ellos sobre el tema y documentar todo el proceso.

En la cuarta etapa, tenían que redactar un ensayo narrando toda la experiencia y sus conclusiones. De más está decir que esos ensayos estuvieron bellos y muy conmovedores. La mera idea de que, con este trabajo, 90 jóvenes puertorriqueños y sus familias estuvieran hablando responsablemente sobre el estrés y la ansiedad en sus cuartos, salas, comedores, marquesinas, restaurantes, tiendas, iglesias, carros, playas y otros lugares, es una verdadera hermosura. Además, el hecho de que muchos hayan podido hablar con amigos, parejas, tíos, maestros, líderes religiosos, etc. tiene un potencial multiplicador increíble.

En los ensayos había testimonios contundentes sobre cómo el ejercicio promovió en los estudiantes: adquirir mayor consciencia sobre el fenómeno, desarrollar valentía para romper el silencio sobre sus propios episodios de estrés o ansiedad y conversaciones conmovedoras y solidarias con familia, amigos y parejas. También, procesos de autovalidación, introspección e identificación de áreas de necesidad y de apoyo, determinación y toma de control sobre su ansiedad y salud mental, iniciación o activación de estrategias sencillas y viables de manejo efectivo, así como de iniciación o activación de redes de acompañamiento, colaboración y apoyo.

Como parte de este ejercicio, también salió a relucir en los ensayos que todavía muchas personas ocultan su estrés o ansiedad por miedo al estigma, la ridiculización y el rechazo. De igual forma, salió a relucir que muchos hombres, aun demostrando síntomas o conductas asociadas al estrés, piensan que no sufren de estrés o de ansiedad porque no saben reconocer sus manifestaciones. También que muchas personas mayores piensan que eso de estrés o ansiedad es una “changuería” o tontería y que son muchos los jóvenes nuestros que padecen de estrés y ansiedad, pero no lo hablan con nadie, se sienten solos y necesitan ayuda pero no la buscan.

En fin, que el estrés y la ansiedad son un problema muy serio que afecta a todas nuestras familias. Si queremos que nuestros niños y jóvenes se desarrollen al máximo académica, laboral y personalmente, que sean exitosos y felices, tenemos que cuidar el aspecto emocional y psicológico. Se hace urgente trabajar con el estrés y la ansiedad en nuestros jóvenes, escucharlos empáticamente, sin juicio, brindarles guía y apoyo con esto y otros procesos de vida. Las instituciones educativas son un espacio de protección, expresión, aprendizaje y cambio importante. Nosotros los educadores tenemos un poder transformador incalculable, pero para lograr cambios significativos en nuestros estudiantes tenemos que reconocer y recordar que somos y trabajamos con seres humanos.

*La autora es profesora y coordinadora del Programa de Bachillerato en Ciencias Sociales con Investigación y Acción Social en la Universidad de Puerto Rico en Humacao.