Sin duda, el deporte y pasatiempo favorito boricua es la política. Los expertos, los gurús, y analistas en Política 101 se multiplican como gremlins. Es un mata tiempo que emborracha al más cuerdo e intoxica a niveles intolerables. ¡Y ni hablar de las encuestas mentadas! 

El comportamiento hostil y violento, es el tono que colorea el mensaje de los supuestos líderes de este país, y de ciudadanos comunes y corrientes. Lo que respiramos, observamos y escuchamos son modelos de arrogancia, de contienda disfuncional. Los modelos están distorsionados. Por ejemplo, el político bueno, es el que es agresivo, el que ataca, el sarcástico, el que esgrime con la palabra como si esta fuese una espada. En nuestra sociedad abundan los gladiadores de la oratoria, expertos en dar estocadas orales. Son ejemplos encarnados del cinismo en su máxima expresión, la rabia contenida y la arrogancia aplastante. Nos enfrentamos a una subcultura de sabihondos, que se comportan como si tuviesen la verdad absoluta en sus manos.

Técnica que desafortunadamente, también utilizan y abusan los representantes de los medios de comunicación, quienes entienden que hostigar y casi humillar al entrevistado les aumenta rating y “poder”.

Nuestros “líderes”, son los primeros en utilizar un diálogo que entre líneas encierra mucho coraje reprimido. El tono, el escogido de palabras, las implicaciones de los mensajes, encierran tanta hostilidad y menosprecio que parece que estamos en una guerra de balas disfrazadas de palabras. 

Los efectos de la propaganda política en la salud mental

¿Cuáles podrían ser las consecuencias de toda esta hostilidad y menosprecio en el discurso político?

 A nivel colectivo

Una de las consecuencias obvias es la ampliación de la zanja o brecha que nos separa por ideologías. La realidad es que todos, no importa el partido o ideología, viven, se desviven y comparten la misma isla, sufren y enfrentan las mismas necesidades y retos. 

A nivel colectivo, de pueblo, se acentúa y modela lo negativo. El opositor es “malo”, es “indigno”, “corrupto”, “mongo”, y los que le siguen comparten las mismas características. Se estimula el liderato falso, creado a base de imágenes y propaganda publicitaria. Se ensalza al líder que ataca, agresivo, al que se comparta como el “guapo de barrio”. Tristemente, son los niños y jóvenes los que entienden que estos modelos son los apropiados. A este colectivo de agresión y hostilidad oral, es conveniente recordarle que: “Nadie es completamente bueno, ni completamente malo”. Esto aplica a nuestros líderes y políticos.

Nivel individual

El efecto de esta hostilidad y desprecio en el ruedo político, oscila entre lo patético y lo ridículo. El odio que se estimula genera úlceras, reflujos, accidentes cardiovasculares, soledad existencial y la ruptura de lazos familiares y de amistad. Nos preguntamos si esta vehemencia, patrocinada y fomentada por un sector de la prensa televisiva y radial”, ¿nos hace mejores personas?

Nos acordamos aquí de aquel paso de comedia, titulado La familia política, en la cual había representación de todas las vertientes partidistas, sofocando la comunicación inteligente y ecuánime.

¿Nos preguntamos si perdonar a mis adversarios nos debilita como seres humanos? ¿Elogiar al oponente me hace lucir pequeño(a)?

Este escenario tóxico no abona a lo que por muchos años colegas y yo, entendemos que el primer problema de salud pública del Puerto Rico: es la salud mental individual. Los medios con sus propagandas subliminales, envenenan el alma y la mente, porque convencen, se infiltra en el cerebro como gusanitos microscópicos.

Conclusiones

  • Nuestra interpretación de los eventos no puede ser considerada como la “verdad absoluta”.
  • Si pierdo el control de mí y subo el tono de voz y me altero fácilmente, ante una opinión diferente a la mía, entonces, debo preguntarme si estoy en lo correcto.
  • Los verdaderos líderes se crecen cuando ante pequeñas y grandes tormentas, mantienen la calma, la ecuanimidad, sin recurrir al sarcasmo, a la burla, o la palabra hiriente. Y su expresión facial va a la par. Porque de pequeñas y grandes tormentas se trata la vida.
  • El apasionamiento político nos cierra los canales de la sana convivencia, ahoga el entendimiento, no nos permite ser empáticos,  y nos coloca en condiciones de alto riesgo para desarrollar enfermedades cardiovasculares, pero sobre todo nos impide ser mejores personas. La salud mental se pone en riesgo.

Apreciado lector, si usted tiene el don de autoevaluar su propia conducta, sálgase de usted mismo, de su cuerpo y mírese desde lejos. Observe sus gestos, su expresión facial al emitir su opinión del politólogo autocertificado, escuche su tono, su vocabulario. ¿Acaso usted es de los que contamina el ambiente con su metal de voz, al discutir y argumentar sin tener a la mano todos los datos fehacientes como para sentenciar sin piedad al opositor?

Piense en los niños y jóvenes que le observan, le escuchan, le imitan, y lo consideran “grande”. Sea un verdadero ejemplo de ecuanimidad, elegancia, y cordura. ¡Fomente salud mental, por favor! 

Pregúntese quién va a estar a su lado en caso de una enfermedad grave. ¿Su político favorito, el que sale en los anuncios de televisión y prensa; o su vecino, el que es del partido contrario?  ¡Le deseo buena salud mental!

*La autora es psicóloga industrial, especialista en gerontología y empresaria.