El 2026 llegó con nuevas estrategias nutricionales por parte del gobierno estadounidense, invirtiendo la tradicional pirámide alimentaria para priorizar una mayor ingesta de ciertos macronutrientes como la proteína. Pero, ¿tiene esto implicaciones mayores sobre los ciudadanos? Es Mental indagó con especialistas en nutrición y dietética y esto fue lo que encontró.

Las Guías Alimentarias para los Estadounidenses consistente en un documento que se actualiza cada cinco años por los Departamentos de Agricultura (USDA) y Salud y Servicios Humanos (HHS) de los Estados Unidos como referente central para la formulación de políticas públicas, el diseño de programas federales de alimentación como WIC, el National School Lunch Program, y la práctica clínica, educativa y comunitaria de profesionales de la nutrición y la salud, explicó la doctora Rosaly Cartagena, psicóloga y nutricionista-dietista.

Fue la pasada semana cuando la Casa Blanca dio a conocer un re-ajuste en estas (que incluyen a Puerto Rico como jurisdicción) de cara al 2030. Las Guías Alimentarias no eran actualizadas desde la introducción del antiguo  «Mi Plato» (MyPlate), que recomendaba, de forma visual, llenar la mitad del plato con frutas y vegetales, un cuarto de granos integrales, un cuarto de proteínas y acompañantes como lácteos u otras alternativas. 

De acuerdo con la doctora Cartagena, uno de los aspectos favorables es su continuidad con recomendaciones históricamente bien establecidas, como lo son los patrones cuantitativos de grupos de alimentos como frutas, vegetales, granos integrales, lácteos, alimentos proteicos y aceites. Asimismo, se preservan límites ampliamente respaldados por la literatura científica como grasas saturadas (menos del 10 % del total calórico), azúcares añadidos (menos del 10 % del total calórico), sodio (reducción progresiva según edad y condiciones de salud).

También, se vuelve a enfatizar el mensaje de priorizar alimentos mínimamente procesados, evitar bebidas azucaradas y reducir el consumo de productos ultra procesados ricos en sodio y azúcares añadidos. 

Pero, de igual forma, hay cambios controversiales con el tema de las proteínas de origen animal.

“El cambio más llamativo en esta edición es la priorización explícita de las proteínas de origen animal dentro del grupo de alimentos proteicos”, sostuvo la doctora.

“Desde una perspectiva clínica y epidemiológica, este énfasis resulta cuestionable. La evidencia disponible indica que la mayoría de la población adulta consume cantidades adecuadas de proteína, y que el principal desafío nutricional no radica en la cantidad total, sino en la calidad y la fuente de dicha proteína”, analizó.

Aseguró que, numerosos estudios observacionales de gran escala y ensayos clínicos han demostrado que los patrones alimentarios con mayor proporción de proteínas de origen vegetal —como legumbres, nueces, semillas y granos integrales— se asocian con menor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2 y mortalidad por todas las causas. 

En contraste, un consumo elevado de carnes rojas y carnes procesadas se ha relacionado de manera consistente con mayor inflamación sistémica y aumento del riesgo cardio metabólico.

Así luce la nueva pirámide, presentada recientemente

“Desde esta óptica, el desplazamiento de un enfoque centrado en plantas hacia uno que prioriza el consumo de carnes representa una desviación relevante del cuerpo de evidencia científica acumulado en las últimas décadas”, afirmó. 

De manera similar, la nutricionista-dietista y fisióloga del ejercicio, Carla de la Torre, planteó que en términos generales hay incongruencias como aciertos. Entre los avances puntuales, mencionó el reconocimiento de que el exceso de azúcar añadida y el consumo elevado de alimentos ultraprocesados representan un problema serio de salud pública. 

Aunque, “estos avances quedan incompletos, porque no se definen criterios claros ni estrategias operativas para su implementación. Se reconoce el problema, pero no se explica con precisión cómo se va a abordar. ¿Impuestos a las bebidas azucaradas?”, cuestionó de la Torre.

Y precisamente, la falta de claridad, podría resultar contraproducente para aquellos con alimentaciones diversas. En estas se excluyen explícitamente los patrones vegetarianos, ya que la proteína animal tiene un eje central; enviando un mensaje implícito de que estas fuentes son prioritarias o superiores.

“Esto invisibiliza el valor nutricional de las proteínas vegetales, a pesar de que la evidencia científica muestra consistentemente que patrones ricos en legumbres, granos integrales, frutos secos y soya se asocian con menor riesgo cardiovascular y menor mortalidad”, coincidió con la doctora.

“Para personas vegetarianas o con dietas predominantemente vegetales, estas guías ofrecen menos claridad, menos respaldo institucional y menos herramientas prácticas, lo cual puede generar confusión y menor apoyo desde programas públicos”, estableció la nutricionista-dietista.

Además, al insistir en el consumo de los lácteos, “quedan olvidados quienes optan por bebidas vegetales como la soya, la de almendras y demás. Sea por convicción, sea por intolerancias o alergias”, continuó. 

Recordó que, estas guías no son neutrales y tienen consecuencias reales en programas como WIC, comedores escolares y servicios de alimentación para adultos mayores, que atienden a poblaciones vulnerables con acceso limitado a alimentos frescos.

También, se mostró preocupada por la exclusión de criterios de sostenibilidad alimentaria, a pesar de que el propio comité asesor los consideró relevantes.  “Ignorar este aspecto desconecta las guías de los desafíos actuales del sistema alimentario y de la seguridad alimentaria futura”, hizo hincapié. 

Reflexionó, además, sobre el hecho de que se esté cuestionando el rol de los edulcorantes artificiales y el exceso de azúcar añadida, pero no se diga cómo se traducirá esto  en acciones concretas. 

Por otro lado, Cartagena mencionó que otro punto crítico es la promoción de lácteos enteros, con una recomendación de hasta tres porciones diarias. La evidencia científica continúa respaldando la necesidad de moderar la ingesta de grasas saturadas, especialmente en poblaciones con alto riesgo cardiovascular.

Dijo que resulta contradictorio que, mientras se mantiene el límite de menos del 10 % de calorías provenientes de grasas saturadas, se promuevan alimentos que dificultan el cumplimiento práctico de dicha recomendación.

Asimismo, la recomendación no contempla adecuadamente la diversidad cultural, la prevalencia de intolerancia a la lactosa, ni las preferencias personales o éticas. 

Preocupa, según la especialista, que también hay una escasa visibilidad de aceites vegetales como componentes explícitos de una alimentación saludable, cuando se sabe que los ácidos grasos poliinsaturados, especialmente aquellos provenientes de aceites vegetales y del pescado graso, desempeñan un papel esencial en la salud cardiovascular y metabólica.

“Como profesionales de la nutrición y la salud, nuestro rol no se limita a reproducir guías oficiales, sino a analizarlas críticamente, contextualizarlas y adaptarlas a las necesidades reales de la población, colocando siempre la ciencia, la salud pública y el bienestar a largo plazo por encima de intereses externos”, puntualizó.