Si sientes que tu pareja te miente y que tampoco confía en ti, es necesario que conozcas que la razón puede provenir desde su crianza.

Un estudio publicado en el Journal of Experimental Child Psychology, reveló que cuando los padres usan mentiras para mantener a sus hijos en orden, estos están más propensos a mentir a lo largo de sus vidas y se ve afectada su capacidad de relacionarse interpersonalmente en el futuro, incluso en su habilidad de desarrollar y sostener relaciones de pareja saludables.

“El padre y la madre son los modelos de sus hijos. Como los padres afrontan la vida, pues así los hijos van a replicar en su vida de pareja, en su vida familiar. En el caso de la mentira, esta afecta el apego en la niñez y se deduce que el niño va a tener un apego ansioso, inseguro y no podrá establecer relaciones estables con otros, amorosas menos, si vive en un entorno donde se miente”, aseguró el psicólogo clínico especializado en terapia de parejas, Miguel A. Pagán Miranda. 

Las mentiras van en detrimento del niño y puede ocasionar problemas de seguridad personal, autoestima, disposición a tomar riesgos, amar, querer y confiar en otra persona que pueda convertirse en la pareja de ese menor cuando sea adulto, agregó en entrevista con Es Mental.  

El estudio del Journal of Psychology sugiere que los niños que no aprenden a confiar por vía de su relación con sus padres en los años de formación, tendrán dificultad en confiar en otras personas. Les será un reto poder mostrar compromiso y lealtad hacia su posible pareja. 

Padres mentirosos, hijos mentirosos

La psicóloga clínica Kevia Calderón coincidió en que los efectos de mentir como parte de la labor de padres y madres puede ser devastador para el niño.  

“La realidad es que los niños desarrollan su seguridad basada en el modelo que establecen sus padres. Si no ven en sus padres ese ejemplo de ser personas cabales, que cumplan su palabra y hablen la verdad, resulta ser devastador porque desde pequeños le vamos destruyendo las bases sobre se construye la seguridad en ellos mismos y en el entorno. Los padres son los modelos que seguir y los responsables del cuidado primario, con las mentiras eso se socava y se les crea confusión sobre lo que es correcto y lo que no lo es”, advirtió la experta. 

Esa confusión surge, por ejemplo, en entornos en los que los padres les exigen a sus hijos que no digan palabras soeces, pero ellos sí las dicen. O, por ejemplo, cuando le dicen a un niño “no le pegues a tu hermana”, y el hombre golpea a su esposa ante la mirada atónita de los menores. 

Estos escenarios familiares fomentan que los niños se conviertan en adultos que no confíen y no utilicen la verdad. 

“Cuando los padres disciplinan, tienen que recordar siempre ofrecer lo que están dispuestos a cumplir. Esto aplica a lo bueno y lo malo. Es decir, que los castigos y las amenazas sean reales”, agregó. 

Como ejemplo mencionó, que un padre no debe decirle a su hijo que le dará una «pela», porque probablemente no llegue a esa acción tan ruda. No hay necesidad de advertir algo tan dramático. Tampoco es recomendable sugerirle a un menor que le comprará una bicicleta o un teléfono celular si saca buenas notas y no cumplirlo porque eso va minando la confianza entre padre e hijo. 

“Las investigaciones están dejando saber cuán importante es establecer esa confianza entre padre e hijo y no enviar mensajes adecuados. Debe existir un refuerzo positivo cuando las cosas van bien, refuerzo negativo cuando hay algo mal. Cuando los papás desarrollan su relación a base de mentiras se aprende a ser mentiroso, se utiliza la mentira para librarse de las consecuencias, si de alguna manera tienen buenos resultados, la continúan como estrategia. Los padres tienen que llevar sus palabras y sus acciones a la par”, sostuvo. 

Es importante señalar que, aunque existan mentiras en el núcleo familiar, siempre cabe la posibilidad de que en el entorno escolar surja la presencia de un maestro, guía o consejero, que pueda educar a ese menor sobre los valores. De lo contrario, ese niño o niña se puede convertir en una persona adulta antisocial.