Cada vez que pasábamos en carro por el lado de una Feria con sus machinas, tiovivos de caballos, estrellas y montañas rusas, Mamá me decía que me entraba una perreta digna del Rey Lear de Shakespeare. Empezaba a gritar que quería montarme en las machinas aún cuando eran las siete de la mañana y dichas máquinas descansaban. Era tal el griterío que emanaba de mi diminuta anatomía que Mamá prefería tomar rutas alternas para que mis pupilas no divisaran esos extraños objetos de deseos que eran esas monstruosidades metálicas con sonidos y lucecitas . 

Cuando me encaramaba en las sillas voladoras y me miraba los pies en vez de miedo lo que experimentaba era una sensación de libertad, como cuando un pajarito aprovecha el descuido de la mano que deja la puerta abierta de su jaula y salta. En el carrusel me montaba siempre en caballos y saludaba a Mama en cada vuelta como si hubiese ganado una corona y el público me aclamaba con pasión.

La pobre Mamá acababa cansadísima de tanto agitar los brazos cual Reina precaria del asfalto. Las montañas rusas eran mi perdición, la cosquilla que sentía en mi estómago era casi comparable al cosquilleo adolescente de los boleros bailados a fuerza de marquesina y sudor. 

Otro de mis miedos y fascinaciones de la infancia eran las Casas del Terror de las Ferias. Aquellos laberintos de cartón y algodones donde unos jóvenes vestidos de vampiros y zombies nos asustaban. Yo gritaba y me reía como tocaba, pero no dejaba de pensar en todo ese maquillaje incrustado por horas en la piel de esas juventudes. Además de divertirme yo lo que pensaba era en las condiciones laborales de aquelles jóvenes con máscaras de goma y pelucas que por un momento jugaban a ser personajes de terror. 

Era tan divertido esa negociación invisible entre el público y los habitantes de aquel laberinto del horror. Una vez salías del laberinto sin Minitauro, pasabas por una hilera de espejos donde te veías flaquísima y luego muy bajita. En las Ferias me permitían comer todos los dulces que de ordinario no comía. Era deleitoso pasar del algodón de azúcar rosita, mi favorito, al gofio, del gofio al hot dog, por aquello de lo salado, para luego devorar las manzanas en almíbar rojo que se te quedaban incrustadas en las muelas semanas. Terminaba aquel banquete azucarado con una paleta gigante de colorines en espirales que tu boca no alcanzaba a domar y regresabas a tu casa con los pelos caramelizados de azules y amarillos.

Mis Abuelos Maternos vivían cerca de Felicilandia, el paraíso prometido. Me acuerdo hasta de la camiseta del lugar. Felicilandia la feria perpetua en el medio de un incipiente centro comercial en Guaynabo.Todavía siento mi piel morada de rabia cuando me llevaban y estaba cerrado. Recuerdo mi sonrisa sin todos los dientes, mi pelo salvaje rubio de sal, mi piel tostada por las aguas de Yemayá, celebrando cuando estaban abiertos. Era feliz.

[Paréntesis Líquido]

Hay otras máquinas que activaban mis deseos y miedos. Fascinación y terror sentía por los túneles que lavaban carros. De chiquitita les tenía pánico. Mama me llevaba y yo me le encaramaba como un gato asustado en su regazo. Luego, ya más grandecita, Mamá me sentaba en su falda y mientras el carro era movido por las poleas yo hacía que conducía el auto entre pompas de jabón. Al crecer, sigo disfrutando de los túneles que lavan carros, pongo la canción setentosa Car Wash de Rose Royce y me imagino dentro de la coreografía de la película “Car wash (ohh-ohh-ohh), car wash yeah”.

Sin embargo cuando salgo del túnel, como cuando salía del túnel del terror de las Ferias, veo a esos chamacos secando los carros, pasando la aspiradora y brillando máquinas ajenas y no puedo dejar de pensar en sus precarias condiciones de trabajo. Entonces se me aflojan las manos y les dejo unas mega propinas en esas cajitas de acrílico que albergan las generosidades de los clientes. Corille, hay que dejar propina, esos seres no cobran nada, esa juventud trabaja y trabaja casi de gratis. Salgo del car wash siempre con esa sensación agridulce de jayarme en el carro limpito y observar por el retrovisor esos cuerpos jóvenes sudando y fumando Newports en los breaks entre carros inalcanzables y ajenos.

El túnel es un lugar muy mágico y misterioso. La novela de Ernesto Sábato, El Túnel me cambió la vida con su historia de amor. La recomiendo para estos días de cuaresma. El Túnel que nos lleva al cementerio del Viejo San Juan Santa María Magdalena de Pazzis alimentaba mis fantasías cuando iba con mi Pai y mi Mai en los natalicios de los próceres enterrados allí.

El túnel de los metros, subways de Madrid, Londres, New York, México son para mi lugares subterráneos donde se cruza la humanidad y sus destinos.Como actriz adoro observar a la gente en los vagones. Amo casi todos los túneles, los que pasan los trenes a toda velocidad, o los carros entre montañas y precipicios. Dicen que cuando uno muere se atraviesa un túnel con luz al final.

En estos días que me ha vuelto a visitar la muerte de amigos cercanos, me pregunto si el amado artista Albert, o mi amiga de la infancia, Lulin, fallecidos tan de repente, habrán pasado a la luz por un túnel. Me pregunto si mis muertos amados estarán guarachando en la luz. 

[Cierro paréntesis líquido]

Los que estamos transitando en estos días por las sombras de un túnel para nada amable somos nosotres, les boricuas. En las últimas semanas se ha traído a la luz pública el proyecto de ley que propone prohibir de una vez y por todas las mal llamadas “Terapias de Conversión”. Esto si que es el terror en estado puro. Que la sociedad tenga todavía sectores que apoyan esta tortura, me trae atacá. Escucho a gente expresarse a favor de esta aberración y me siento que estoy en los túneles de las torturas que hacía la Inquisición Española. Me siento dentro de un sombrío museo medieval, donde en nombre de la religión se descuartizaban personas, muchas de ellas mujeres acusadas de brujas.

¿En serio que todavía hay gente que piensa que hay una sola manera de amar? ¿O sea que hay algo torcido en mi interior si amo a tal o cual cuerpo, cuerpa? No le podemos hacer esto a nuestros hijes. Hay que tipificar como delito esa aberracción llamada Terapia de Conversión, no podemos seguir perpetuando, aceptando la construcción de túneles tan podridos tan dañinos en nuestro interior. Qué mucho dolor hay detrás de estos procedimientos que mucha gente todavía defiende. No, no y no. Hay que proteger a nuestros niñes del fanatismo, de la hipocresía, del horror. 

En estos días de Cuaresma, en que mi Madre activaba su religiosidad, se cocinaba bacalao y sierra en escabeche, se veían las películas antiguas en la tele, nos sacaban de la playa en Viernes Santo y siempre llovía por las tardes… 

En esas semanas santas en que íbamos a la playa en Vieques o Guánica y yo veía esas procesiones de Cristos, Soldados y Pastoras achicharrás por el calor con los vestuarios llenos de brillo y sangre que hacían las Abuelas de los pueblos… En esa Semana Santa Sevillana donde estuve de observadora hace años, en donde  se pasean las Vírgenes y los Cristos entre el pueblo, el jerez, la borrachera colectiva y las saetas… En estos días para los creyentes, para los no creyentes, para los que dudan o no… En estos días que nos preparamos para recibir la Primavera y tenemos par de días libres, ojalá, ojalá nos conectemos con nuestros túneles de luz y entendamos que hay espacio para diferentes maneras de ser y de amar, que si es posible otro mundo más justo y más luminoso. Ojalá que nos invadan rayos de luz y sensatez en estos días porque sigo empeñada en que otro mundo es posible y que a pesar de los horrores que combatimos, la condición humana, al final de los túneles, vale la pena.

Gracias por leerme, Pupilas las Amo. Feliz Primavera.

*Carola García es actriz, locutora, profesora universitaria, madre, y sobreviviente de cáncer del seno quien vive con la condición de bipolaridad y escribe semanalmente la columna Encarne… ¡Viva!.